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Manel: 10 Milles per Veure una Bona Armadura

Hay algo muy fastidioso en torno a Manel. Nada que tenga que ver intrínsecamente con ellos, sino todo ese revuelo tan tontorrón que se ha montado en torno a la publicación de su último trabajo. Con el shakesperiano título de 10 Milles per Veure una Bona Armadura, ha sido recibido como su supusiese la salvación de un nuevo diluvio universal. El despliegue mediático alrededor del disco ha alcanzado cotas agobiantes (y ya sabemos lo mal que se llevan los hypes en el entorno ultrauténtico de la música indie). Y en todas partes se han hecho lenguas de lo mucho que vende en todo el Estado (nótese la cursiva aquí) una banda que canta exclusivamente (Déu meu) en catalán. Sí, vamos, que parece que la ola de anticatalanismo que nos invade (nótese la cursiva otra vez) hubiera chocado contra sus propias murallas de Jericó.

Consideraciones extemporáneas al margen, lo que importa de Manel es su música. Y 10 Milles per Veure una Bona Armadura es un muy buen disco escrito con sensibilidad y excelentemente arreglado. Olvídense de etiquetas alternativas y otras zarandajas. Las canciones que componen el repertorio de Manel se mueven entre el folk y el territorio del cantautor setenteros en los que los referentes más inmediatos son la ternura de Jaume Sisa, la etnicidad de Lluís Llach y las orquestaciones de los primeros álbumes de Serrat, sí, pero también el Luis Eduardo Aute pre-Albanta, el mundo alucinado de Vainica Doble y hasta Jacques Brel. A mí me sorprendió muy gratamente su debut, El Millors Professors Europeus, y esta nueva rodaja de sentimentalismo cerebral, o de inteligencia emotiva, como prefieran, cae en terreno abonado.

10 Milles per Veure una Bona Armadura es un disco redondo, completo, que funciona mejor como un todo. Ahora bien, si quieren highlights puedo destacarles a tutiplén. Los delicados vientos que pespuntan la apertura con Benvolgut, los asomos de guitarrazos domesticados por una voz imperturbable en Boomerang, el espléndido single Aniversari (un tipo de música que ya no se hace, jopetinas), la riqueza acústica de la instrumentación, unos coros de película del Hollywood dorado sin asomo de cinismo, y unas letras trabajadísimas en las que la erudición intelectual, el distanciamiento irónico y la cotidianeidad costumbrista van de la mano. Esto es música de cámara para el siglo XXI. No es rock and roll, pero me gusta.

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