¿PORQUÉ OTRO BLOG SOBRE BRETAÑA Y NORMANDÍA?

Aunque hay muchos blogs sobre la zona en Internet, lo cierto es que echábamos de menos algo más de información práctica y directa, cosas como qué merece la pena o no hacer, comer o visitar, cómo organizarse y consejillos de esos que sólo te puede dar alguien que ha estado y que no suelen salir en las guías. Así que, con la experiencia previa de nuestro blog sobre Islandia, esperamos poder echaros un cable mientras preparáis vuestras vacaciones.

Belén y Miguel

ORGANIZANDO EL VIAJE Y ALGUNAS COSILLAS SOBRE FRANCIA

ELEGIR - Francia es un país inabarcable, increíble, lleno de pequeñas y grandes cosas que ver.

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Historia, bosques, arte, playas, cultura, cavernas prehistóricas…, para nosotros es muy importante tener tiempo para disfrutar el país y no sólo verlo desde la ventanilla del coche, así que desde el principio hay que elegir porque es imposible visitarlo todo. Teníamos 13 días y decidimos hacer en coche el camino completo saliendo desde Madrid. El planning básico consistía en: conocer el valle del Loira y sus castillos de cuento, recorrer Bretaña, con sus acantilados, sus faros que desafían tempestades y sus ciudades y pueblos de leyenda celta, llegar hasta las playas del desembarco en Normandía para descubrir los restos de la Segunda Guerra Mundial y asomarnos al valle del Perigord con sus pueblos y castillos encaramados a la montaña.

ALOJAMIENTO - Decidimos ir a la aventura sin reservar nada ni hacer planes muy precisos, porque nunca se sabe dónde te va a apetecer quedarte más tiempo del que pensabas. Sabíamos que Francia está llena de casas tipo Bed & Breakfast, que allí llaman “Chambres d’Hotes” (entre 40 y 60€ la habitación doble por noche, con desayuno incluido. En el mes de Agosto entre 10 y 20€ más por ser temporada alta) y que no suele haber problemas para llegar el mismo día buscando alojamiento. Por si acaso, y para ahorrar algo de dinero, echamos al maletero la tienda de campaña y los sacos, además, los campings franceses son considerados de los mejores de Europa. En total hicimos 5 noches en camping y 7 en Chambres d’Hotes.

IDIOMA – En Francia se habla francés… y punto. No esperéis que la gente se defienda con el inglés porque incluso en algunas oficinas de turismo no lo hablan. Ninguno de nosotros habla ni una palabra de francés, así que hacerse entender se convirtió en una de las cosas más divertidas del viaje, especialmente con los propietarios de las Chambres, normalmente gente bastante mayor. ¡Nos hemos vuelto unos expertos en el lenguaje de signos!

COMER – La comida es sin duda una de las razones para visitar Francia. Al contrario que la comida italiana que se ha extendido por todo el mundo, la cocina y bollería francesa hay que descubrirla in situ. Nosotros no nos cortamos en pedir todo lo que nos llamaba la atención (aunque no entendiéramos ni una palabra de la carta) y siempre fue un acierto. Macarons, croque monsieur, crepes, galettes y por supuesto, croissants son sólo algunos ejemplos deliciosos.

CLIMA – El clima francés es parecido al español, calor en el sur y tiempo variable en el norte. A principios de julio en la zona del Loira llegamos hasta los 30 grados, en Bretaña entre los 15 y 25 y en Normandía el termómetro no pasó de los 17. Nos llovió dos o tres días, pero fueron sólo chaparrones que pasaban en seguida, así que lo normal es tener todo tipo de clima a lo largo de 15 días de viaje. Lo habitual es que según vas subiendo por la costa las nubes sean más frecuentes y más oscuras.

COCHE – Es el mejor medio para descubrir Bretaña. Ojo con las autopistas francesas porque tienen truco, solo se puede circular a 130 km/h por las de peaje, en las autovías sin peaje el límite está en 110 km/h. Muy listos, porque la red de autovías es buena, pero si quieres ir más deprisa tienes que pagarlo. Desde la frontera con España hasta el Loira y hasta Nantes es casi imposible evitar los peajes, vayas donde vayas, pero en Bretaña ya no los hay, salvo en algún puente, como el puente de Normandía.

El gasoil está más o menos como en España (entre 0,95 y 1,20 dependiendo de la gasolinera), pero la gasolina está en torno a 1,40 €.

Nosotros hicimos 5.000 km en 13 días, y salvo los trayectos largos intentábamos ir siempre por carreteras secundarias y locales, que van pasando por pueblos, campos, etc… para hacer del trayecto una parte del viaje y no solo un traslado, y así poder ir descubriendo granjas, cultivos, iglesias, pueblos diminutos… aunque fuera desde el coche.

Imprescindible llevar un buen mapa de carreteras, y muy aconsejable uno de esos que marcan en verde las carreteras panorámicas, las más bonitas, ya que si tienes que hacer 70 km a lo mejor merece la pena hacer 80 por una carretera más chula.

Pero lo mejor para descubrir más cosas sobre Francia es empezar con el viaje.

bym on julio 20th, 2009

Salimos de Madrid el día 28 a las 11:30 y pusimos rumbo a Francia con toda la tranquilidad del mundo. Sabíamos que ese día y al siguiente nos esperaban muchos kilómetros, así que no queríamos que se nos hiciera muy pesado. La idea era parar a media tarde, disfrutar las últimas horas de luz, y continuar el viaje al día siguiente. Sobre las 18:00 llegamos a las playas de Ondres, una zona de residencias de verano no muy lejos de Bayona. Nos instalamos en el camping y toalla en mano nos fuimos a la playa.

Aún con una temperatura de casi 30 grados, el baño nos sentó fenomenal y repusimos fuerzas tomando el sol hasta que empezó a atardecer. A nuestro alrededor, en una playa kilométrica, algunos bunkers semienterrados de la Segunda Guerra Mundial se convertían en los primeros restos del famoso “Muro del Atlántico” nazi que iríamos descubriendo a lo largo del viaje. De vuelta en el camping, probamos el primer plato típico francés “Moules frites” mientras veíamos la clase de bailes latinos que el camping organizaba para los cientes. “Moules” son mejillones y “frites”, la forma en que los franceses dicen patatas fritas. Aunque suene curioso, en muchos restaurantes, junto a la cazuela de mejillones, sirven un generoso plato de patatas fritas como guarnición. Al día siguiente nos esperaban bastantes kilómetros de carretera, así que nos fuimos a dormir con música cubana de fondo.

bym on julio 19th, 2009

Recogimos el campamento y pusimos rumbo al Loira, el río más largo de Francia con 1.012 km.  Teníamos que ir desde Burdeos a Tours pero decidimos evitar la A-10 de peaje y desviarnos por la N-10 entre Burdeos y Poitiers. Es una autovía gratuita con algunos tramos (como un 20%) de carretera normal, de un solo carril por sentido. Al final no había más remedio que coger el peaje entre Poitiers y Tours pero pagamos 11,20€ en lugar de ¡¡29,90!! Todas las autopistas francesas son de pago, así que merece la pena buscar las escasas autovías gratuitas que hay, aunque por las gratuitas solo se puede ir a 110 en lugar de a 130 de las de pago.

El origen de los castillos del Loira fue la Guerra de los 100 años (1337-1453). El rey francés Carlos VI fue tomado como rehén por los ingleses que querían gobernar sobre Francia. Así que el heredero, Carlos VII tuvo que marcharse de París y se refugió con sus partidarios en el valle del Loira. Allí fueron construyendo castillos que defendieran la zona. Terminada la guerra (que ganaron los franceses), los castillos sirvieron durante siglos como premios para  quienes favorecían al rey.

Hoy en día hay más de 60 castillos (“Chateaus”) en una zona de unos 200 km entre Angers y Orleans a orillas del Loira o de sus once afluentes (Cisse, Cher, Indre…). Mucha gente dedica sus vacaciones a recorrer la mayoría de ellos, pero nosotros pensábamos estar sólo un par de días, así que elegimos los que más nos llamaban la atención y suelen recomendarse en las guías. Nuestra primera parada debía ser Azay-le-Rideau, cerca de Tours pero nos hicimos tal lío con las carreteras francesas que acabamos por pasar de largo y decidimos dejar la visita para el día siguiente y continuar hacia Amboise, el pueblo donde Leonardo da Vinci vivió sus últimos años.

Amboise (7)

El castillo de Amboise se alza sobre una colina dominando el pueblo y el río. Del enorme edificio original ya sólo queda una parte porque uno de sus dueños empezó a derribarlo para construir un palacio más moderno. Hoy en día queda una quinta parte del castillo original, una gran terraza con jardines (y un bar heladería muy agradable) desde los que se tienen las mejores vistas de la zona y, lo más visitado, la capilla donde está enterrado Leonardo da Vinci. El castillo abre de 9:00 a 19:00 y cuesta 9,50 para adultos y 8 para estudiantes. Cada castillo del Loira cuesta unos 10 euros, así que si tienes intención de visitar varios, lo mejor es ir a alguna oficina de turismo de la zona donde se ofrecen paquetes con varias visitas.

Al salir del castillo paseamos por las calles desiertas del pueblo, a partir de las 17 o 18 no hay nadie por la calle aunque el día sea espectacular.  En Amboise también se puede visitar Le Clos-Lucé, el palacio en el que vivió Leonardo en sus últimos años.  Aunque nos apetecía probar las famosas “Chambres d’Hotes”, acabamos por elegir el camping I’lle D’Or, en el propio Amboise, y justo en una gran isla del río en frente del castillo, donde cobraron 10,30€ por dormir. ¡Sería una de las noches más baratas del viaje!

Como aún había mucha luz salimos a hacer fotos del castillo al atardecer, precioso desde ese lado, y vimos a un par de chavales bañándose en el Loira. Vayamos a donde vayamos no podemos evitar meter los pies en cualquier río, mar, océano, lago o masa de agua de cualquier tipo y nos moríamos de envidia, así que acabamos metidos hasta las rodillas paseando por el río, alucinando con la cantidad de conejos que hay por allí y viendo los barquitos típicos anclados en las orillas y las densas nubes de mosquitos que flotan por todas partes. Son molestas por ser imposibles de esquivar al andar, pero son mosquitos muy pequeños y no pican.

Nuestro día de castillos empezó con la búsqueda de los famosos croissants franceses, pero tuvimos que conformarnos con el pan con mantequilla del bar del camping, con zumo y café por ¡6,50! ¡Los desayunos son carísimos por toda Francia! Recogimos el campamento y huimos de los mosquitos en dirección a Chenonceau.

Los castillos más famosos del valle del Loira son Chambord (el más grande y todo un símbolo en Francia), Chenonceau, Azay-le-Rideau, Villandry y Blois. Esos son los que suelen recomendarse en las guías, aunque cada uno tiene su propio encanto. Nosotros teníamos tiempo para ver dos, así que nos quedamos con Chenonceau y Azay-le Rideau por recomendación de conocidos.

Empezamos por Chenonceau que quedaba muy cerca de Amboise. Conocido como “El castillo de las señoras” porque fue gobernado durante siglos por mujeres mientras sus maridos combatían, Chenonceau (10€ adultos, 8€ estudiantes) se caracteriza por su inmenso salón de baile sobre el río Cher (afluente del Loira). A lo largo de los siglos, resistió guerras y revoluciones y acabó convirtiéndose en hospital para los heridos de la Primera Guerra Mundial. Pero su papel más importante fue durante la Segunda Gran Guerra. El río Cher era la frontera entre la zona ocupada por Alemania y la Francia libre. Como único puente no vigilado sobre el río, el salón de baile de Chenonceau fue utilizado por la resistencia como vía de escape. Sospechando algo por el estilo, los nazis mantuvieron durante toda la guerra una batería apuntando al castillo, dispuestos a destruirlo.

Chenonceau

Paseamos por las habitaciones de reinas y reyes, por el laberinto del jardín, la orilla del río y después de asomarnos al restaurante de lujo l’Orangerie, pusimos rumbo a Tours donde decidimos comer.

Tours es la ciudad más grande del valle del Loira, llena de tiendas y animación. Al aparcar descubrimos una maravillosa costumbre francesa: durante las horas de la comida ¡no se paga parquímetro! El único problema es que para ellos la comida es entre las 12 y las 14. Encontramos una calle peatonal llena de terracitas de todo tipo y acabamos eligiendo un restaurante que ofrecía un menú barato en francés. Primero nos miraron raro por querer comer tan tarde (14:15) y después nos miraron aún más raro al darse cuenta de que no teníamos ni idea de lo que estábamos pidiendo. Ni el camarero hablaba inglés ni nosotros francés, así que fue una comida bastante curiosa y además tuvimos suerte y no pedimos nada raro. Después dimos una pequeña vuelta por Tours, entramos a la catedral de Saint Gatien y volvimos al coche pasando por delante del vistoso “Hotel d’Ville”, que parecía un hotel de cinco estrellas pero que resultó ser el ayuntamiento.

Azay-le-Rideau está construido en un lugar idílico, una isla en medio del río Indre rodeada de bosquecillos. El castillo comenzó siendo un torreón fortificado que fue tomado por los partidarios ingleses en la Guerra de los Cien Años. El regimiento tuvo la mala idea de burlarse del futuro Carlos VII (el paladín francés) mientras atravesaba el pueblo. Carlos sitió el castillo, venció a los soldados, los ahorcó a todos y prendió fuego al castillo y al pueblo. En las ruinas se levantó el nuevo edificio renacentista, un tranquilo palacete en el que pasó una temporada el mismísimo Luis XIV, el Rey Sol.

Azay le Rideau

La visita al castillo y sus jardines cuesta 8’50€ más 1€ si se coge la audioguía. Además de las habitaciones, se podía visitar una exposición dedicada a la historia mitológica de Psique y el Amor. Paseamos por la orilla del río rodeando el castillo y acabamos con los pies metidos en el agua una vez más. Con el calor agobiante que hacía, el pequeño baño nos sentó de maravilla.

Nuestra etapa en el Loira acababa, así que al salir de Azay, pusimos rumbo a la costa bretona. Llegamos a La Baule sobre las 19:30 y empezamos la búsqueda de camping. La Baule forma junto con Pornichet y Saint Nazaire una de las zonas de veraneo más concurridas. Una playa interminable de arena fina con edificios de apartamentos de unas 6 ó 7 plantas y sus puertos deportivos llenos de yates, podrían confundirse con muchas zonas de la costa española sino fuera porque no hay ni un alma a partir de las 19 h.

Lo que quedaba de tarde lo pasamos luchando contra los horarios franceses. Cuando por fin localizamos un camping, la recepción estaba cerrada y decidimos colarnos e instalarnos a escondidas (aunque luego acabamos hablando con un guardia de seguridad) y cuando quisimos ir a cenar, volvieron a mirarnos como a marcianos (eran las 22 y ellos suelen cenar entre las 19 y 21). Al fin encontramos un restaurante junto a la playa donde probamos por primera vez la ensalada bretona, típica ensalada a la que se añade patata cocida y bacon y que sirve para dar de comer ¡a 10 personas!

Cuando nos levantamos decidimos investigar el pasadizo que unía el camping con la playa y darnos un bañito en el Atlántico, aunque el agua estaba bastante fría y las olas rompían con fuerza como para pensártelo dos veces. Después a recoger la tienda y adentrarnos en Bretaña, pero antes había que pasar una pequeña prueba. El motor del coche había perdido aceite el día anterior, así que una vez más nos enfrascamos en la entretenida aventura que supone hacerse entender con un autóctono. Esta vez fue gracias a un dibujo del sensor del aceite que hicimos en una libreta como conseguimos que el hombre de la gasolinera nos diera lo que necesitábamos.

Con el trámite solucionado salimos hacia Rochefort-en-Terre, un pueblecito cercano a Vannes con la categoría de “Ville Fleurie”, etiqueta que pronto descubrimos que no era muy de fiar, ya que está demasiado presente en las carreteras francesas. Rochefort sí la merece, pues conserva todo el espíritu medieval de hace siglos y el encanto de un lugar de casas de piedra con el toque de turismo justo. Se encuentra cercano a los bosques de Paimpont, legendarios y místicos, cargados de leyendas de personajes como el Mago Merlín y el Rey Arturo.

Rochefort-en-Terre (3)

Llegamos a mediodía y decidimos probar nuestra primera creperíe, eran poco más de las doce, pero si te despistas en Francia puedes encontrarte todas las cocinas cerradas a las dos y media. Comimos unas ricas galettes, muy parecidas a los crepes, pero siempre rellenas de algo salado; tienen un precio que oscila entre los 5 y los 10 euros y sueles quedarte bastante satisfecho con una sola galette. Después dimos una vuelta por el pueblo, nos acercamos a ver el castillo y emprendimos la marcha por esas bonitas carreteras secundarias que tiene Bretaña.

Nos dirigimos a la península de Quiberon, una lengua de tierra con dos vertientes muy distintas. La orilla oriental la forman tranquilas playas de aguas mansas, y la orilla occidental es la llamada Costa Salvaje, de acantilados abruptos y fuerte oleaje, playas abarrotadas de surfistas y ni un solo bar ni terraza para tomarse una cervecita. Como pensábamos pasar allí toda la tarde nos desviamos hacia el primer cartel de Chambres d’Hotes, y llegamos a una casita muy chula donde una señora que chaporreaba lo que podía en inglés nos enseñó nuestra habitación doble con desayuno por 60 euros.

Dejamos allí las cosas y nos fuimos a la playa, a una de las tranquilas de la orilla este, pero primero recorrimos a pie la Punta de Conguel en un agradable paseo de media hora. Desde allí se intuye el golfo de Morbihan, lleno de islotes y que tiene que ser curioso recorrer en barquito o en canoa, y también se puede llegar a la Belle Ile, un paraje protegido paraíso de aves marinas.

Costa Salvaje (1)

Nos bañamos y tostamos al infrecuente sol bretón y al atardecer recorrimos en coche la Costa Salvaje, que no hace honor a su nombre, ya que sus acantilados son bajos y descienden escalonadamente y la fuerza del mar tal vez sea brutal en otras ocasiones, pero no ese día. Un sendero litoral bordea la costa, al igual que la carretera, aunque ésta más separada del límite. Hay varias entradas a parkings de tierra para acercarse a las playas y a las vistas más bonitas.

El sol tarda en ponerse, y a las 9 de la tarde llegamos a los alineamientos megalíticos de Carnac, filas y filas de menhires alineados durante kilómetros sin que haya sido posible encontrar una explicación. Hay un centro de información donde puedes contratar un guía y caminar entre las piedras, si no solo puedes verlas desde la valla, aunque está muy cerca, se ven bastante bien y de vez en cuando sobresale una torreta para apreciarlo en conjunto desde arriba. El nombre celta es Karnag, pero casi todo el mundo lo conoce por el afrancesado Carnac. Son varios campos en unos 4 o 5 kilómetros, el más chulo que vimos fue el último, el de  Kermario, y justo allí en medio de todo hay una especie de posada-creperie con una terracita genial. Allí cenamos y de vuelta a la Chambres pasamos por unos campos de cultivo gigantescos con plantaciones de la altura de una persona, que con la última luz del día estaba precioso.

Bretaña

bym on julio 16th, 2009

El desayuno de la casita de Carnac fue en la mesa del salón junto con varios huéspedes franceses, y se compuso de tartas, tostadas y fruta, además de zumos, café, té o chocolate a elegir. La anfitriona explicó en su inglés gestual que iba a llover hasta mediodía, pero por la tarde saldría el sol, y como de  momento acertaba decidimos llegar hasta Pont-Aven por carreteras secundarias y locales a ver si mientras tanto se despejaba. Es bastante recomendable esta práctica, ya que se ve la auténtica Bretaña imposible de descubrir desde la autopista: casitas de piedra todas con su parcela escondidas entre cultivos de gran vegetación, escasos accidentes geográficos y pueblos pequeños y agradables donde siempre sobresale el pico de una iglesia.

Pueblo tras pueblo llegamos a Pont-Aven, una parada que merece la pena. Hogar de pintores impresionistas como Gauguin a finales del siglo XIX en muchos de sus rincones hay una placa con la historia del pintor que retrató el mismo paisaje  que tienes ante tus narices. El pueblecito está lleno de canales de agua y molinos de madera movidos por el río, de puentes llenos de flores y de árboles enormes que llevan sus ramas hasta el agua del río.

Comimos en un restaurante muy bonito con terraza a la orilla del río, y por primera vez probamos la auténtica tortilla francesa (omelette), con jamón, bastante buena, mucho más gruesa que la que nosotros llamamos francesa y mucho menos cuajada.

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Pont-Aven (5)

Nuestra siguiente parada fue Concarneau, una ciudad pesquera con un puerto abarrotado y la ciudadela amurallada de fondo. El boulevard de esta parte de la ciudad y el paseo marítimo que rodea la ciudad están bien, pero no llegan a justificar la etapa de una ciudad que de orillas a dentro no ofrece nada interesante. Su mayor atractivo son las antiguas mansiones de veraneo de los parisinos ricos, inmensas casas con jardines y grandes ventanales abiertos al mar.

Con las nubes negras cerniéndose de nuevo sobre nuestras cabezas nos dirigimos hacia Punta Raz, pero dado que la lluvia amenazaba decidimos volver a alargar el camino dando un rodeo por Pont-L’Abbé y Punta Penmarc’h. Aquí es donde descubrimos que el mapa de carreteras era solo para llegar de un sitio a otro, pero no para elegir el camino, ya que los puntos panorámicos que marcaba en esta zona se referían a un soso faro de 65 metros desde el que se pueden ver las infinitas rotondas por las que hay que pasar. También aquí fue la única ocasión en la que llamamos a la puerta de una Chambres d’Hotes y nos dijeron que estaba completa.

Lo mejor de los pueblos de la zona son sus pequeñas iglesias góticas, que merecen una visita por sus originales formas y elaborados calvarios. En todas ellas además hay placas con los nombres de todos los soldados nacidos en el publo, caídos en las guerras mundiales.

Enfilamos la carretera hacia punta Raz, tres estrellas en las guías y foros, con la misión de encontrar alojamiento de camino. Hay muchos carteles de Chambres d’Hotes, es casi imposible no toparse con alguno, y en uno de ellos nos metimos callejeando entre campos y cultivos verdes y amarillos hasta llegar a la casa de un auténtico y genuino bretón que solo hablaba en francés o incluso en bretón cerrado. Imposible entenderse con palabras, pasamos a los signos de indios: dormir-una noche-dinero-desayuno-a que hora-puerta-llave. Es genial, sin duda una parte importante de este viaje. Este señor era un fenómeno y al parecer le gustaba tanto como a nosotros el intercambio gestual y la búsqueda del entendimiento por cualquier medio, así que se empeñó en contarnos que si íbamos a Punta Raz a esa hora ya no pagaríamos parking, porque después de las 6 ya no se paga, y que a la vuelta podíamos aparcar en la parte de atrás de la casa y qué queríamos para desayunar, si chocolate o café, si frío o caliente (esto fue una odisea entenderlo, se fue incluso hasta el microondas para explicarlo), y que ya por la mañana le pagábamos. Como en Bailando con Lobos.

Así que nos dirigimos a Punta Raz, un lugar donde las olas deben romper salvajemente cuando hay tormenta, donde sus tres faros alineados seguramente desaparecerán bajo las embestidas del mar. Tiene que ser un espectáculo digno de admiración, pero difícil de ver. Al menos en las tiendas del aparcamiento hay un montón de fotos sobre esto y guías de Bretaña hasta en español, lo cual es casi un milagro. No tienen libros ni en inglés, ni siquiera en las grandes librerías de las ciudades. Solo francés.

Punta Raz (3)

Tras los faros aparece la isla de Sein, de un metro y medio de desnivel sobre el mar, y que está habitada, por increíble que parezca. Hay varias casas allí, unos 250 habitantes. Es alucinante porque es diminuta, como un pedrusco en medio del agitado mar. Varios senderos rodean el cabo hasta el faro y después de él, e incluso comunican la zona con la Punta de Van, un poco más allá.

A la vuelta hacia la casa pasamos por algunos pueblos fantasma, todo cerrado, nadie en la calle.  Bastante luz aún, ni siquiera eran las 9 de la noche cuando encontramos una pizzería abierta, en la que fuimos los únicos clientes, y la amable señora no se molestó cuando le pedimos la pizza para llevar y luego se la hicimos poner en dos platos para comérnosla allí, ya que el sitio era muy agradable. Los últimos atisbos de luz diurna no fueron suficientes para orientarnos entre los campos de altos cultivos y dimos cien vueltas y cogimos mil cruces a la derecha y luego a la izquierda y vuelta a empezar para encontrar nuestra casa. Muy importante quedarse con detalles del camino para saber volver, porque el paisaje casi no cambia y la noche lo iguala aún más.

Por fin llegamos y dormimos plácidamente en una cómoda cama doble.

El desayuno en aquella casa tenía que ser interesante. Había varios franceses a la mesa y el señor anfitrión les daba palique y nos unía a la conversación. Dijo que iba a hacer un día soleado y así fue, aunque después del mediodía y con las perpetuas nubes algodonosas intercaladas en el cielo de Bretaña. Nos cobró 45 € por la habitación, siempre en efectivo, nadie en las Chambres d’Hotes te admite una tarjeta, y nos dijo que teníamos una media hora hasta Quimper. Aparcamos cerca del río en zona de “payant”, no existe otra cosa que payant, y fuimos a meter moneditas al parquímetro, pero como eran casi las 12 no hizo falta, ya que casi todos los parquímetros son gratis entre 12 y 2. Punto a favor para los franceses.

Quimper

Quimper es una ciudad súper bonita, llena de vida y de rincones chulos. Por lo que hemos leído y tuvimos que dejar atrás debe ser parecida a Vannes, Cancale y Vitré. Por supuesto tiene una catedral gigantesca, cualquier ciudad de medio pelo tiene una catedral enorme, ¡y no hay que pagar para entrar! Uncroayable. Allí nos zampamos nuestro primer croassant y probamos los macarons, unos pastelitos como galletas rellenas de varios sabores, especialmente rico está el de chocolate, aunque son bastante caros. Mandamos una postal y partimos rumbo a Locronan, otra triple estrella de las guías.

Formado por casitas de piedra de los siglos XVII y XVIII, el pequeño pueblo de Locronan es uno de los pueblos más turísticos de Bretaña y quizá por eso pierde un poco de encanto. Dimos un agradable paseo por sus callecitas, su iglesia cuadrada, sus tiendas de gastronomía típica (galletas, vinos y museo de las 100 cervezas) y su plaza empedrada y decidimos comer en una de las muchas terrazas de su calle principal. Para visitar el pueblo, completamente peatonal, es necesario dejar el coche en el parking de la entrada (3€), aunque en el extremo opuesto del pueblo también había coches, así que quizá se puede dar un rodeo. Es un destino obligado para los tours guiados, así que veréis varios autobuses aparcados y grupos de turistas cámara en mano.

Locronan

Allí comimos, y después partimos hacia una de las zonas más bonitas de Bretaña: la península de Crozon. Para llegar se pasa por el alto de Menez-Hom, de unos 300 metros, que dado lo inaccidentado de Bretaña es toda una cima, y con buenas vistas panorámicas. Según te acercas a Crozon las carreteras paisajísticas se suceden, pero de nuevo es interesante optar por las más pequeñas, las que se meten entre una vegetación tan densa que no te deja ver a los lados y luego se abre de repente mostrándote el mar allá abajo salpicado de velas blancas y algún islote poblado de pinos. Lo malo es que acabas medio perdido. Aterrizamos en una cala grande entre dos cabos muy verdes y bastante verticales, y ya que estábamos bajamos a meter los pies en el agua.

Siguiendo la carretera de la costa se llega a la playa de Morgat, un lugar de veraneo donde un día se instaló Peugeot, el de los coches, y desde entonces empezaron a florecer las casas y mansiones alrededor. Hay mucha gente bañándose, niños lanzándose al agua desde un dique de 4 metros de altura y un barco que te lleva por los acantilados para ver las miles de grutas que el mar ha ido excavando a fuerza de embestidas. Es un paseo de una hora con un coste de 10 € que merece muchísimo la pena. También se pueden alquilar canoas y recorrerlo a tu aire, entrando en las grutas y llegando hasta donde quieras. Debe ser genial. Nos dimos cuenta de las canoas cuando ya estábamos subidos al barquito, pero éste se mete también en las grutas como en un garaje y la guía te explica en francés cada cueva, aunque nos dieron un papel explicativo de cada cosa en español. La “chimenea del diablo” es una de las cavernas, con un agujero arriba, a bastantes metros de altura, por donde salta el agua en días de mar bravo, y justo encima tiene un chalet espectacular, uno de los pocos que dejaron construir, para no masificar la zona y cargarse el maravilloso entorno. El acantilado, cubierto de bosque, salvaje y espectacular, sesgado de grietas por las que entra el agua y alguna cala alucinante a la que solo se puede acceder por mar (algunas canoas privilegiadas estaban por allí), está ocupado tan solo por media docena de chalets en lo alto desde donde las vistas deben ser increíbles.

Crozon

El barco llega hasta Punta Chevre (Punta de la Cabra) y da la vuelta, pero en la orilla opuesta se mete en otra cueva de 80 metros de profundidad a la que se puede acceder a pie con marea baja. Para estas cosas hay que enterarse de las horas de las mareas, ya que cambian en cada parte y el paisaje se transforma completamente.

El barco tuvo que dejarnos en un dique diferente, desde el que salimos ya no tenía nada de agua, y allí donde saltaban los niños como en un trampolín solo había arena mojada y la playa se había ensanchado unos 50 metros. En solo una hora. Es impresionante lo de las mareas.

Aunque pensábamos bañarnos y hacer un poco el cabra desde el dique, como no había agua decidimos ir a buscar alojamiento, y volvimos a meternos por carreteritas mínimas hasta dar con una casa de un señor mayor que regaba su jardín y que tenía una docena de perros. Con los dedos nos hizo entender que eran 32 € la noche, y si queríamos desayuno 5 más por persona. Baño compartido en el pasillo, pero estábamos solos en la parte de arriba.

Desde ahí salimos a ver Punta Dinan, mucho más bonita que Punta Raz, tiene un final rocoso con un arco natural que forma el puente de acceso a un castillo en ruinas creado por la naturaleza.

Punta Dinan

Desde allí se ve la Punta Pen-hir, a la que se llega por una carretera chulísima que atraviesa una playa gigantesca entre acantilados, y en Pen-Hir están los enormes peñascos separados del continente conocidos como Tas de Pois.

Siguiendo la costa hacia Camaret se puede bordear la península que lleva a la Punta de los Españoles. Intrigados por el nombre, recorrimos la carretera rodeada de densa vegetación. Casi como restos aztecas, empezaron a asomar entre la maleza edificios en ruinas que marcaban el lugar de la antigua fortaleza española. Cuando en 1588 el rey francés y el heredero fueron asesinados, subió al trono un protestante, cosa que nuestro ultracatólico Felipe II no podía tolerar. Dispuesto a atacar Francia, el rey español envió un ejército de 4000 soldados a Bretaña. Algunos de ellos levantaron la fortaleza en este punto estratégico a la entrada de la bahía de Brest. Pero franceses e ingleses se aliaron y atacaron desde tierra y bombardearon desde una inmensa flota en el mar. El pequeño grupo de españoles aguantó casi quince días. Al rendirse, sólo se encontró a 13 soldados supervivientes. Desde entonces, la Punta de los Españoles sirvió como defensa estratégica en multitud de guerras, incluida la Segunda Guerra Mundial. Desde allí se contempla Brest, casi accesible a nado, como dormida e impasible, sin un ruido, ni una columnilla de humo, ni un barco que llegue al gran puerto.

Seguimos la carretera por el otro lado, por el que se ve algo más de paisaje, y acabamos cenando en el puerto de Camaret, un plato combinado a base de salchichas con patatas. Esta vez no tuvimos problemas de regreso al hogar y siendo ya noche cerrada terminamos el día con bastante satisfacción.

bym on julio 14th, 2009

Es difícil escoger un día como el mejor del viaje, pero sin duda éste fue uno de los mejores. Siempre hay que elegir y dejar cosas por el camino, pero si tenéis los días muy justos mi consejo es dejar la parte sur de Bretaña y dirigirse a la parte norte. Empezamos por la Costa de Granito Rosa, un paisaje único y espectacular, muy parecido a la Pedriza de la sierra de Madrid, pero con el mar rompiendo en sus rocas multiformes, verdaderamente rosado según cómo le incida el sol.

El camino desde Brest se puede hacer por autopista, pero una vez más decidimos emplear las carreteras más estrechas para contemplar en el traslado una parte importante del paisaje bretón, con sus casitas de piedra y sus altos y coloridos cultivos. Nuestro destino era Tregastel Playa, desde donde se inicia una parte de la senda de los aduaneros, un camino costero archiconocido en Bretaña, construido en el siglo XVIII bajo el mandato de Napoleón, y empleado por miles de agentes de aduana que se disfrazaban de campesinos y patrullaban estos caminos para detener cualquier embarcación que intentase introducir material de contrabando en el país. Tiene en total unos 1.300 km de longitud, prácticamente recorre todo el perímetro de la costa bretona, y el tramo de la Costa de Granito Rosa es especialmente atractivo.

Costa Granito Rosa (5)

Dejando el coche en Tregastel Playa se accede a una serie de calas consecutivas a través de este sendero, cruzando por acantilados de roquedales y por la misma arena de las playas. Muy recomendable. Llegamos sobre la una del mediodía y enseguida fuimos atraídos por unos enormes bloques de granito, anaranjados a esa hora del día, que descansaban sobre la arena de la playa y cuyas seductoras y caprichosas formas invitan a su exploración de cerca. Escalamos el más alto, comprobando así el tacto áspero de la roca, y tras cruzar esa misma playa nos sentamos a comer unos bocatas en lo alto del acantilado sobre un agua de mar azul verdosa y un paisaje de cuento. Una pequeña siesta al sol y seguimos adelante, cruzando más calas y rocas erosionadas hasta llegar a la península de Renote, por donde la senda hace un pequeño rodeo para luego continuar hacia Ploumanac´h. Hay que hacer este pequeño paseo por Renote, atravesando rocas gigantescas que asoman desde el mar, o quedan sumergidas entre pinos y vegetación, y bordeando los jardines vallados de las preciosas casas de unos pocos privilegiados.

Costa Granito Rosa (6)

Se rodea esta pequeña península en apenas media hora y al regreso hacía calor y nos pusimos los bañadores para meternos al agua, ya que la marea había creado una laguna salada entre dos franjas rocosas y al otro lado de la playa se distinguía una pequeña cala desierta a la que solo le faltaba la palmera y la tumbona de red. Allí nos dirigíamos, decididos a salvar aquellos 50 metros a nado cuando una anciana nos detiene categórica y nos hace entender en cerrado francés que allí no debemos bañarnos, que de hacerlo los remolinos se nos tragarán y seremos pasto de los peces. Fue muy clara en su demostración de hundimiento sin retorno. Efectivamente donde se unían las dos corrientes de agua parecían formarse unas espirales de espuma que no aparentaban mayor peligro, pero decidimos ir un poco más allá y hacer caso a la señora, aunque la excursión a la calita paradisíaca ya no fuera posible.

El camino de vuelta por la senda de los aduaneros eran los mismos 2 kilómetros que a la ida, pero el paisaje fue muy diferente. Apenas 4 horas le habían bastado al mar para comerse las playas, y las rocas que habíamos escalado a nuestra llegada eran ahora trampolines donde unos chavales saltaban al agua a 50 metros de la orilla. Una vez más el efecto de las mareas resultaba impresionante. Hay canoas para recorrer la zona y algunos chiringuitos de helados y bebidas.

Fuimos a buscar casita y enseguida la encontramos al pie de la carretera. Una señora joven que nos caló en dos frases utilizó sus cuatro palabras aprendidas en español para acomodarnos, y nos cobró 60 euros con desayuno, excelente, por cierto, con crepes y croasants. Pero no es lo mismo, nos quedamos con los míticos bretones de carreteras perdidas que no salen de su dialecto y su buenísima voluntad por entender y ser entendidos.

Costa Granito Rosa (8)

Desde allí nos marchamos a Ploumanac´h, a seguir otro tramo de la senda de los aduaneros, una parte especialmente hermosa, con las piedras muy rosadas al atardecer, y una camino que conduce a un faro del mismo color desde el que se aprecian las Siete Islas, un pequeño archipiélago deshabitado reserva natural de aves como el añorado puffin, al que tanto cariño cogimos en Islandia y que aparece en miles de llaveros, pines y fotos, pero al que apenas se consigue ver en Bretaña. Desde el faro se puede continuar por ese litoral rosa despedazado, pasando por debajo de pedruscos enormes suspendidos en el aire, apenas sujetados por una roca diez veces menor y formando figuras evocadoras. Con un poco de imaginación te puedes pasar horas en ese paisaje de cuento.

Compramos una caja de croasants en un súper y nos fuimos a Perros-Guirec a ver su original iglesia y a zamparnos los croasants en la playa a la puesta del sol. Había sido un día formidable.

Veíamos postales de sitios preciosos en todas las tiendas de souvenirs, y uno de ellos destacaba sobre el resto, una foto aérea de una pequeña isla rodeada por 100 islotes cubiertos de pinos y de vegetación. La isla de Bréhat, la isla de las flores, que recordaba en aquellas fotos al país de Nunca Jamás. Nos enteramos de que era posible alquilar un kayac para recorrer todos aquellos islotes, y estuvimos barajando emplear aquel domingo en ello, pero supondría renunciar a algo de lo demás. Por tercera vez pasaba de largo la tentadora canoa con la que explorar las aguas del norte de Bretaña. Fuimos hasta Paimpol y desde allí a Pointe de l’Arcouest para coger un barco que en 15 minutos te deja en la isla o bien la recorre, pero resulta que hasta el 15 de julio sale cada 2 horas, y se marchaba según llegábamos, de modo que nos conformamos con sentarnos en un banquito en un alto para ver el archipiélago a lo lejos, que con marea baja no se parecía demasiado a la postal de Peter Pan.

Nos dimos una vuelta por Paimpol y partimos hacia el Cap Frehel, otro condecorado de las guías, con una paradita técnica para comer en Erquy, un pueblo con puerto al pie del acantilado, famoso por ser puntero en la pesca de la almeja gigante y la vieira, como comprobamos en los platos de los comensales que llenaban los múltiples restaurantes del puerto. La pesca aquí está muy controlada para no sobreexplotar el fondo marino, pero la variedad y calidad del pescado y marisco atraen a los turistas, aunque no estaba nada masificado. La oferta de mejillones era extensa: al vino blanco, a la crema, etc, y nos decantamos por los de sabor roquefort, siempre con frites (patatas fritas). Estaban deliciosos, y bastante económicos. Donde te clavan más es en la bebida, un refresco suele costar 3’50 euros, y un tercio de cerveza no baja nunca de los 4 y suele llegar a los 5 euros según la marca.

Erquy

Vale la pena el desvío por las vistas de las playas desde la carretera, y por comprobar una vez más el extraordinario efecto de la marea en esta parte del mundo. Unos 70 barcos descansaban sobre la arena mojada a la espera de que el lejano mar llegase de nuevo para hacerlos flotar.

Con el estómago lleno de mejillones volvimos a forzar el cuello desde la ventanilla para contemplar las preciosas vistas de las playas entre acantilados que llevan al cabo Frehel. Hacía buen día y estaban llenas de bañistas abajo y de senderistas arriba, al borde de los acantilados, donde varios senderos serpentean hasta llegar al faro. Al lado del faro hay un parking por el que te cobran 2 euros, pero es una tontería llegar hasta aquí para ver otro faro sin más, así que dejamos el coche en la cuneta y nos pusimos a andar por los senderos entre brezos y restos de bunkers alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Es una caminata bonita que puede alargarse un par de kilómetros más para llegar hasta Fort La Latte, una visita imprescindible y que apenas aparece señalada en las guías y en los foros, en mi opinión el mejor castillo del viaje.

La Latte 1

Data del siglo XIV y está construido en un promontorio rodeado por el mar, protegido por dos barrancos, desde donde se ve la Costa Esmeralda a un lado y el faro de Cap Frehel al otro. La entrada cuesta 5 euros, y el panfleto histórico en tu idioma 20 céntimos, que ya podían haber quedado como señores y regalarlo, digo yo. ¡Estos gavachos! Se puede subir hasta lo alto de la torre por una vertiginosa escalera de piedra agarrados a una soga, y recrear allí el duelo que en 1957 tuvieron Kirk Douglas y Tony Curtis en el rodaje de Los Vikingos. El castillo es una propiedad privada, y en el edificio anexo se veía desde arriba a un señor en bata y zapatillas dando de comer a un gato.

La Latte

Buscamos alojamiento cerca de Dinan, que dejamos para el día siguiente, porque queríamos ver el Mont Saint Michel de noche, pero antes fuimos a cenar a Saint Malo. Esta es una etapa ineludible, un lugar totalmente diferente al resto de pueblos de Bretaña, con mansiones de piedra de varias plantas, y unas calles estrellas y peatonales llenas de vida. Subir a la muralla y recorrer desde allí el perímetro es una excelente forma de verlo todo: el puerto, la ciudad intramuros y la costa, donde la marea une y separa dos veces cada día las fortalezas construidas sobre islotes en la roca.

Una piscina de agua de mar se llena cuando sube la marea y se queda aislada la otra mitad del día. La temperatura ambiente te hace entrar en razón ante la tentación de bajar a lanzarse al mar desde los tres trampolines de la piscina, el más alto de unos 4 metros. Nos compramos unos deliciosos bocatas y nos los zampamos sentados en la muralla, observando a unos chavales lanzarse al agua, únicos valientes bajo aquel cielo naranja y rosa, en esta ciudad tan cautivadora, especialmente a esa hora mágica que es el atardecer, cuando todo cambia de color.

Saint Malo (2)

Desde allí se puede ver Dinard, zona residencial de lujo, y unos 50 kilómetros separan Saint Malo del Mont Saint Michel, pero vale la pena recorrerlos para verlo de noche. Solo se puede llegar hasta la entrada del parking, que está a unos 300 metros, y ya desde allí se ve que es un sitio único, uno de esos que justifican cualquier viaje, por largo que pueda ser. Esta es la zona más turística de Bretaña, y nuestro alojamiento cerca de Dinan nos costó 60 euros, sin embargo en Saint Michel hay carteles por todas partes de Chambres d´Hotes a 30 euros, campings e incluso hoteles baratos. Para haberlo sabido.

Vuelta hacia Dinan y otra vez perdidos en carreteras locales buscando alguna señal que nos orientase hacia nuestra casita. Desandamos varias veces el camino y por fin conseguimos orientarnos en la noche y descubrir el giro a la izquierda que llevaba a nuestro hogar.

bym on julio 12th, 2009

Empezamos el día visitando Dinan, uno de los considerados pueblos más bonitos de Bretaña, una reputación bien merecida. Plagado de casas medievales, Dinan trepa por la falda de una colina quedando dividido en dos: arriba, el Dinan amurallado, con sus casas en saledizo con vigas de madera y su catedral del siglo XII y abajo, el puerto. Aprovechando el cauce del río Rance, Dinan se comunica con el mar, a pesar de estar a más de 20 km tierra adentro, y el pueblo medieval se convierte en un animado puerto de recreo con terrazas y barcos de vela. Pero lo más bonito de todo es la calle que une ambas partes subiendo la colina. Merece la pena animarse, a pesar de la pronunciada cuesta y recorrer las casas más tradicionales, llenas de restaurantes típicos y tiendas de artesanía de todo tipo. Hay un trenecito turístico que recorre el pueblo para quien no se sienta con fuerzas.

Dinan (3)

No pudimos resistir la tentación de una de las pastelerías, compramos trozos de pizza y macarons (qué pena que sean tan caros) y nos los comimos sentados en un puente con los pies colgando sobre el río Rance.

Nuestra siguiente parada era una de las más deseadas del viaje: el Mont Saint Michel. Construido sobre un monte en medio del mar, las acusadas mareas de Normandía convirtieron el lugar en leyenda. Aislado del continente con la marea alta y comunicado por una estrecha lengua de tierra con la bajamar, el lugar se convirtió con los siglos no solo en lugar de peregrinación sino en una fortaleza inexpugnable.

La importancia religiosa de Mont Saint Michel se remonta al año 708, cuando el obispo Aubert recibió en sueños la visita del arcángel San Miguel quien le pidió que levantara un templo en la isla. Aquella primera iglesia se convirtió entre los siglos XI y XII en una abadía románica y en uno de los centros de peregrinación más importantes y concurridos del mundo. Desde entonces, el monasterio sufrió ataques, reformas, derrumbamientos, donaciones, continuos cambios que formaron el ecléctico e impresionante edificio que se ve hoy en día.

Mont Saint Michel

Llegamos al sobre las dos del mediodía y nos quedamos en la parte más alejada del parking porque queríamos recorrer andando el último tramo de la lengua de tierra. Hay que fijarse en los carteles informativos de cada parking porque algunos (sobre todo el más cercano al monte) se inundan en algunas épocas del año con la marea alta y hay que sacar el coche a determinadas horas. Dejar el coche todo el día o solo un par de minutos son 4€.

Ya desde lejos el sitio impresiona. Tanto el monasterio como las casas del pueblo, se han construido siguiendo las posibilidades de la roca, de ahí que el conjunto parezca trepar hasta la aguja central. Pero según te acercas a la entrada, una marea de gente empieza a quitarle el encanto al lugar. Las pocas casas del pueblo de Saint Michel se han convertido en restaurantes, hoteles y museos de lo más variopinto. Desde todas partes llegan voces en varios idiomas vendiendo comida, entradas o souvenirs. La calle principal es estrecha y agobiante y la única manera de trepar hasta el monasterio es a empujones. Este desagradable ascenso sin embargo se ve completamente compensado una vez se accede al recinto del monasterio y empieza a conocerse la historia del lugar.

Abierta todo el año entre 9:30 y 16:30, la abadía del Mont Saint Michel es uno de los recintos religiosos más espectaculares del mundo, no sólo por su arquitectura mezcla de estilos sino por sus vistas. Puede cogerse una audioguía por 4,5€ o incorporarse a alguna de las visitas guiadas (en distintos idiomas a lo largo del día, a las 16h en español cuando estuvimos nosotros). Desde las ventanas y terrazas pueden contemplarse las crecidas de la marea y la otra isla de la bahía, la isla Tombelaine, el lugar al que se retiraban los monjes que veían Saint Michel muy concurrido.

Lo de las mareas se ve solo si hay suerte, porque resulta que el agua no llega hasta Saint Michel todos los días. De hecho, nosotros acabamos nuestra visita paseando por el fondo arenoso del mar e incluso vimos algunos grupos caminando hacia Tombelaine.

Mont Saint Michel (5)

En parte fue un chasco, porque queríamos ver el monte rodeado de agua, pero también fue curioso rodear la isla y ver las megafonías instaladas en su costa para advertir a los paseantes de las crecidas del mar. Se decía en la antigüedad que la velocidad a la que subía el agua era la de un caballo al galope. En realidad sube a 62 metros por minuto, lo que no está nada mal, y el agua recorre 18 km en su crecida. Esperamos poder pasar otra vez algún día y verlo todo inundado. Para consultar los horarios de las mareas podéis entrar en: http://www.ot-montsaintmichel.com

La acción del hombre durante siglos, primero ganando terreno al mar para cultivos y pastos y en los últimos tiempos creando parkings y carreteras, han conseguido que el fenómeno de las mareas se suavice. Sólo desde inicios del siglo XX, el nivel del suelo creció 3 metros en torno a Mont Saint Michel. Desde 2006 el gobierno francés trabaja en un ambicioso plan de recuperación que devuelva al promontorio su carácter de isla, eliminado la carretera y sustituyéndola por un puente, entre otras medidas.

Nos marchamos del Mont Saint Michel en dirección a Caen y durante varios kilómetros seguimos disfrutando de la silueta del monasterio perdiéndose entre los pastos que nos rodeaban.

Al día siguiente queríamos visitar las famosas playas del desembarco de Normandía, así que continuamos camino hasta Sully, un pueblo cercano a Bayeux, donde encontramos la mejor Chambre de todo el viaje. Lo bueno no era el alojamiento, sino el trato. Nos recibió una abuelita enérgica y muy simpática, que no hablaba ni una palabra de inglés, aunque eso no la impedía tratar de explicarnos todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Salimos en busca de cena a Bayeux, aunque después de dar un paseo por el centro, preferimos ceder a las enormes ganas de comer una hamburguesa del McDonalds, así que nos entendimos como pudimos con la megafonía del McAuto y nos llevamos nuestra suculenta cena a las playas de Longues sur Mer, donde devoramos las hamburguesas como nuestro peculiar homenaje a los soldados americanos que desembarcaron en el día D.

La madrugada del 6 de Junio de 1944 se ponía en marcha la mayor operación de desembarco de tropas jamás vista. El día D, a la hora H, el ejército aliado atacaba las playas de Normandía en un desesperado intento de desequilibrar al régimen nazi y dar la vuelta a la Segunda Guerra Mundial. Dos años de minuciosos planes se veían las caras con las caprichosas mareas y el temible “Muro del Atlántico” alemán.

La llamada Operación Overlord, consistía en el desembarco sincronizado de tropas en cinco playas de la costa de Normandía (de Oeste a Este): Utah Beach y Omaha Beach (tropas estadounidenses), Gold Beach (tropas británicas) Juno Beach (tropas canadienses) y Sword Beach (británicas también). En total, se movilizaron 160.000 hombres, 7.000 barcos, 11.000 aviones y 20.000 vehículos. Increíble.

Con la cabeza llena de imágenes de Salvar al soldado Ryan, empezamos nuestra jornada de viaje más histórica, aunque antes de conocer las famosas playas, la amable señora de nuestra Chambre nos iba a dar una agradable sorpresa: por portarnos bien y no hacer nada de ruido durante la noche, la buena mujer nos hizo una rebaja de 10€ en el precio. ¡Encantadora! Allá donde vayas siempre encontrarás los patios de las casas adornados con banderas de USA, Canadá y Reino Unido, es infinito el agradecimiento que aquí aún se les guarda a estos países por su decisiva participación en la contienda de las playas de Normandía.

Omaha Beach es sin duda la más conocida de las cinco playas y la que sale siempre en las películas, así que pusimos rumbo hacia allí y renunciamos a Utah Beach y Sainte Mere Eglise (de cuyo campanario aún cuelga un recuerdo a los paracaidistas muertos en la zona) por pillarnos muy lejos. Como si nos leyera el pensamiento, el tiempo empeoró por primera vez en el viaje, y disfrutamos de un clima lluvioso y frío parecido al que debieron sufrir aquellos soldados. Sacamos los pantalones largos y el chubasquero y nos alegramos de que la falta de sol hubiera alejado a los bañistas de las playas, que habrían perdido mucho misterio.

Omaha Beach (14)

Prácticamente cada pueblo de la zona tiene un museo dedicado al desembarco. Entre los más conocidos están el de Caen (ciudad estratégicamente clave en los planes del avance aliado), el de Arromanches (aquí tenéis un enlace al folleto informativo en español: http://www.musee-arromanches.fr/docs/aide_visiteur_es.pdf) y el Memorial de Omaha Beach, dedicado casi en exclusiva a las ofensivas sobre Omaha y Point du Hoc, los dos episodios más sangrientos de la operación. Nosotros elegimos este último (5,50€) y nos perdimos durante casi tres horas en los dioramas, el material original y las pequeñas historias. Un video de unos 25 minutos, en inglés y francés, resume los sucesos de aquel 6 de Junio y te va preparando para la visita a las playas. Contentos de encontrar por fin cosas en inglés, cedimos a la tentación de comprar todo tipo de recuerdos y libros que fuimos devorando en el coche entre traslado y traslado.

Poco queda en Omaha Beach de la mañana del desembarco, en realidad, solamente un feo monumento moderno y algunas placas conmemorativas. De todas formas sobrecoge pasear por allí y pensar en lo que ocurrió. Banderas americanas, inglesas y canadienses salen al paso en cada pueblo y camino, para que quede claro que los franceses no han olvidado lo que deben a aquellas tropas. Pero lo que de verdad atrae a los visitantes a la zona es el Museo y Cementerio Americano de St Laurent-sur-Mer, una pequeña réplica del cementerio de Arlington y punto de inicio y final de Salvar a soldado Ryan.

Cementerio Americano

La visita (totalmente gratuita) comienza con un detallado museo centrado en las historias personales y las pequeñas tragedias de soldados y civiles, gestionado por la American Battle Monuments Commision, una organización que controla museos por todo el mundo dedicados a la memoria de los soldados americanos caídos. Merece la pena pasear por los paneles y las fotografías, deteniéndose a descubrir las historias de los muertos, los héroes y los supervivientes, aunque lo que más llama la atención es el cementerio en sí. 9.387 cruces de mármol blanco, latinas y judías entremezcladas, algunas flores secas aquí y allí, montones de americanos vagando entre las líneas de tumbas, puede que en busca de un familiar, y una sensación inquietante al descubrir de tanto en tanto una placa sin nombre. Algunas agencias ofrecen la visita a las playas del desembarco desde París, de ahí que fuera el único día que nos vimos rodeados de estadounidenses en lugar de los habituales franceses. Tras un largo paseo y montones de fotos, nos dimos cuenta de que el tiempo había pasado volando y eran ya las 15:30, mala hora para tratar de comer en Francia.

Según salimos del cementerio americano, nos topamos con un letrero de “All day fast food” que nos hizo entrar de cabeza muertos de hambre a un elegante restaurante. ¡Menudo error! Por dos sándwiches y un par de coca colas nos cobraron 33€, y tampoco eran una maravilla. Lo único positivo fue que por fin nos enteramos de lo que eran los famosos “croque monsieur” y “croque madam”, una especie de pain amb tomaquet pero con queso, mantequilla, mostaza y huevo en la “madam”. Con algo de hambre y bastante indignados, seguimos camino a los acantilados de Pointe du Hoc.

Parte del plan para el éxito del día D, consistía en una ofensiva previa, sobre todo aérea, para destruir las baterías antiaéreas alemanas y radares (el “Muro del Atlántico”) que podrían crear muchos problemas a los aliados. Una de las misiones especiales era trepar por los inexpugnables acantilados de Point du Hoc desde el mar e inutilizar la batería alemana desde la que se dominaban las playas de Utah y Omaha. Los famosos Rangers americanos fueron los encargados de escalar la roca y ascender, solo para descubrir que los bombardeos habían fallado y los alemanes estaban preparados. Aunque el puesto fue finalmente neutralizado, la marea, la escalada y las ametralladoras nazis dejaron tan solo nueve supervivientes. Tras la batalla de los días siguientes, poco quedó de Point du Hoc, prácticamente hundida por la ofensiva. Sólo algunos restos de impactos y estructuras alemanas han quedado como testigos.

Nuestra siguiente parada era el cementerio alemán de La Cambe, visita altamente recomendable y también gratuita. Aún marcados por lo sucedido durante la guerra, el lugar está gestionado por la “German War Graves Commision”, que es básicamente como la americana de St. Laurent, pero mucho más orientada a difundir la paz y concienciar a los jóvenes de no repetir los errores del pasado.

Cementerio Alemán (6)

La organización actual del cementerio y la identificación de muchos de los cuerpos, se llevó a cabo en uno de los primeros campos de voluntariado juvenil que se organizaron en Europa en los años 70. La Cambe huye de la parafernalia americana y crea un jardín discreto y tranquilo para recordar a los 21.139 caídos alemanes que reposan bajo las cruces de granito oscuro. Lo que resulta más escalofriante con respecto a St Laurent es que aquí se recogen las fechas de nacimiento y muerte de los soldados. Prácticamente todos ellos tenían entre 18 y 22 años y casi ninguno superaba los 30. Una generación completa borrada de la historia en unos pocos meses. También sorprenden algunas tumbas múltiples en las que hasta 15 soldados comparten placa y espacio, muchas veces debido a que su fallecimiento fue conjunto en la explosión de una mina o una bala de mortero y apenas se podía distinguir entre los restos de unos y otros.

La tarde avanzaba rápido y aún nos quedaba mucho que ver, así que nos dirigimos a Longues-sur-Mer, donde aún puede pasearse entre las espeluznantes baterías antiaéreas alemanas, orientadas hacia el mar, con un campo de tiro de 120 grados y 19 kilómetros de alcance para sus balas de 150 mm.

Baterías Longues (1)

Como si acabasen de disparar su último tiro contra las barcazas aliadas, los enormes cañones reposan tranquilos mientras los turistas se hacen fotos y entran y salen de los oscuros bunkers.

Decidimos terminar el día en Gold Beach junto al pueblo de Arromanches, donde aún dominan el horizonte los enormes bloques de cemento usados como puerto provisional. Una ofensiva del tamaño de la de Normandía, exigía la participación de grandes barcos que transportasen vehículos, materiales y tropas de refresco. Pero hasta conseguir capturar una gran ciudad, los aliados planificaron la construcción de estos puertos artificiales. Cientos de bloques de cemento fueron arrastrados desde Inglaterra y semi-sumergidos frente a las playas de Normandía para crear pasarelas por las que desembarcar los grandes equipos. Resulta increíble poder pasear entre semejantes moles, tan importantes durante aquellos meses y tiradas ahora de cualquier manera sobre la playa.

Arromanches (3)

Después de un día tan intenso encontramos una cómoda Chambre abuhardillada y cenamos unas estupendas galettes cerca de Sword Beach. En la puerta del restaurante, un enorme letrero daba la bienvenida a todos los americanos, ingleses y canadienses. La batalla de Normandía no se olvida en Francia.

Aquel desayuno fue el último en Chambres d’Hotes, una experiencia muy recomendable en cuanto a alojamiento. Partimos rumbo a Honfleur, un pueblo muy agradable con un puerto abarrotado de barquitos, de gente y de restaurantes. Está lleno de vida y animación, especialmente al mediodía, con todas las terrazas llenas. Las fachadas de las casas son de diversos colores, muchas de ellas de pizarra negra, y ya no son las típicas casas bretonas de una sola altura, sino edificios adosados de 3 ó 4 plantas.

Honfleur

Una de las cosas más interesantes es su
iglesia.Situada a espaldas del puerto y construida por los propios pescadores del pueblo en honor a la Virgen, no es de piedra como sucede normalmente, sino un amplio edificio cuadrado de madera. La falta de naves laterales y la cantidad de luz que entra convierten el edificio en tremendamente acogedor.  Después de visitarla compramos unos albaricoques y unas cerezas en un puestecillo que nos supieron a gloria. Dimos una vuelta por allí y pagamos los 5 euros que cuesta cruzar el puente de Normandía, inaugurado en 1991, y que desemboca cerca de la Costa de Alabastro, un tramo de especial belleza entre Étretat y Dieppe. Acantilados altísimos que caen verticales sobre el mar, con un fuerte contraste entre el verde de sus cimas, el blanco de sus paredes y el azul del mar. En la pequeña localidad de Étretat se encuentran los puntos más bellos, las Falaises d’Aval y d’Amont, con unos gigantescos arcos naturales por donde entra el mar que enmarcan la bonita playa donde se asienta el pueblo. En la misma playa se puede aparcar en un parking que te deja poner un ticket de hasta 5 horas, aunque en realidad se tarda media hora en llegar al de Aval y algo menos al de Amont, entre ida y vuelta a ambos 2 horas y media o tres con bocata y fotos.

Etretat (11)

Hay un sendero muy concurrido que sube hacia ambos lados. Es más bonito el de Aval, a la izquierda mirando hacia el mar, ya que primero se ve una columna unida en arco a la montaña formando una especie de trompa de elefante, y cuando se asciende hasta allí te encuentras con otro arco gigantesco a unos 200 metros, y cuando llegas a él te sobrecoge la altura impresionante de los acantilados de roca blanca cortados a cuchillo que continúan hacia Le Havre.

En “Astérix y el caldero” hay un pueblo que vive en lo alto de un acantilado idéntico a estos, donde se desarrolla casi toda la aventura y desde donde se cae el caldero al barco pirata. No obstante, la aldea de Astérix está más bien situada por la Costa de Granito Rosa, según la lupa de la introducción de los cómics. Pensábamos que encontraríamos muchas referencias a los míticos galos, como muñecos, camisetas, etc, y sin embargo apenas vimos un ajedrez y alguna miniatura suelta. Se ve que el parque Astérix de París se lleva todo el merchandising.

En la Falaise d’Amont hay una iglesia en lo alto, y en esa dirección continúa la costa igual de accidentada hasta Dieppe, aunque la carretera se separa tanto del mar que apenas se ve y es necesario entrar de vez en cuando en un pueblo para apreciar el paisaje.

Etretat (14)

En este punto comenzamos el viaje de vuelta a Madrid. 1.500 km nos separaban del punto de partida, teníamos 2 días para completarlos y pensábamos hacerlo como a la ida, en varias etapas y parando a ver más cosas por el camino. La primera fue Rouen, atravesada por el Sena y otra ciudad destruida por la guerra. Después de tantos pueblecitos pequeños y encantadores, sin semáforos, sin atascos, sin problemas de aparcamiento, entrar en una ciudad grande fue como volver al trabajo después de las vacaciones. Muy duro. Tras una hora encerrados entre coches y dando vueltas para aparcar por el centro llegamos a la plaza de la catedral, absolutamente espectacular, único punto positivo de una ciudad sucia y sin armonía. Para rematarlo, en la Plaza del Viejo Mercado (donde se quemó a Juana de Arco, marcado con una enorme cruz), sustituyeron las ruinas de la vieja iglesia por un monstruoso edificio negro mitad parroquia, mitad mercado, algo así como un barco con un tejado gigantesco, algo desproporcionado para las dimensiones de la plaza. Nos comimos un bocata de hamburguesa en un puesto callejero ante el que el Big Mac es un solomillo argentino, y a los pocos minutos la bomba estalló en nuestros estómagos.

Salimos pitando de aquella ciudad con el sol casi oculto, salvamos con dificultades el jeroglífico de indicaciones de carreteras y pusimos rumbo a Chartres con la intención de parar en el primer hotel de carretera que encontrásemos, pero no hubo ninguno en 70 km, así que cuando la carretera de peaje se convirtió en secundaria nos pareció fantástico el cartel de camping cerca de Dreux, y aunque estaba cerrado nos metimos e instalamos la tienda. Era un camping municipal, cómodo y muy barato, que no llegó a 10 euros.

La catedral de Chartres es una de las paradas obligatorias para cualquier amante de la arquitectura gótica. Revolucionaria cuando fue levantada en el siglo XIII, supuso el asentamiento del estilo gótico y el establecimiento de sus características principales. Destaca por sus relieves (es la iglesia con el mayor número de representaciones de la Virgen) y especialmente por sus más de 180 vidrieras, la mayoría de ellas conservadas desde su construcción. Algunos de los colores empleados han sido imposibles de reproducir en la actualidad como el azul de la famosa Ventana de la Virgen Azul (Notre Dame de la Belle Verrière).  Lo curioso es que no hay que pagar, esto nos llamó mucho la atención, en España tienes que pagar 6 eurazos por entrar a la catedral de Zamora. Con poco tiempo y no mucho más que ver en Chartres, continuamos camino hacia el sur.

Había llegado el momento de cruzar media Francia por carretera, pero nuestro viaje tenía una última etapa antes de traspasar la frontera: el Perigord. Ubicado en el suroeste de Francia, el río Dordoña ha creado un abrupto paisaje de valles y cañones con desniveles idóneos para asentar castillos fácilmente defendibles. Una zona desconocida para nosotros hasta que nos planteamos este viaje en coche y descubrimos que había una región famosa por sus patés y sus quesos artesanos, con pueblos encantadores construidos en torno a castillos que se izan sobre los alto de un tremendo acantilado e infinidad de cuevas con importantes hallazgos arqueológicos. Altamente recomendable.

Después de 6 horas de autopistas cogimos una carretera secundaria con rumbo a Rocamadour, pero cuando en el camino apareció un cartel de las cuevas de Padirac (Gouffre de Padirac) consultamos la guía y decidimos hacer caso a las 3 estrellas de su calificación. No obstante eran las 6 de la tarde y ya sabíamos que para los franceses eso es casi hora de cenar, así que cuando llegamos acababan de cerrar (Horario de 9:30 a 18). Aún así pudimos ver la increíble sima de 30 metros de diámetro que se adentraba verticalmente en la tierra como entrada a unas cuevas de túneles kilométricos a los que sólo se puede acceder por barca. Suficiente para madrugar al día siguiente.

Volvimos hacia Rocamadour, a unos 16 km de distancia por un camino que cruza entre bosques, granjas de ocas y pueblos pequeñitos. La carretera te lleva por la parte alta de la montaña y al tomar una curva aparece el valle entre acantilados y el pueblo vertical comandado por una iglesia esculpida sobre la pared de roca entre el pueblo y el castillo, unos cien metros más arriba. Desde esa distancia aquel paisaje era digno de haberse cruzado Francia para llegar allí.

Rocamadour

No se puede aparcar dentro, pero hay un par de parkings gratuitos más abajo, siguiendo la carretera que, por cierto, se acaba aquí. Empezamos a subir y con cada escalón era todo más bonito. La única calle empedrada atraviesa restaurantes con terrazas panorámicas y hotelitos bastante asequibles, todo ello con una cautivadora estética medieval.

Empezamos a subir una escalera de piedra hasta llegar a la iglesia, un emplazamiento asombroso en la pared del acantilado y un escenario de película. Era un sitio increíble con un montón de rincones que no sabes de dónde salen, y cada tramo de escalera que subes te lleva a una sala inmensa, a un patio o a una torre desde donde se ve el pueblo en perspectiva alzada.

Rocamadour (6)

El pueblo fue en su día uno de los principales centros de peregrinación del camino de Santiago desde que se abrió la tumba de San Amador y se le encontró incorrupto. De entre sus cinco santuarios, a los que se accede desde la increíble placita de la foto, destaca el de la Virgen Negra, la imagen más venerada del lugar. Tomando uno de los pasillos porticados, se llega a un camino que se adentra en un bosque y va ascendiendo por un viacrucis hasta llegar a un altar emplazado en una cueva muy profunda. Siguiendo camino arriba se llega al castillo. Hay que subir, es algo impresionante, las vistas desde allí valen cualquier esfuerzo. Para entrar al castillo hay que meter 2 euros por persona en la puerta enrejada giratoria, pero apretándose un  poco entran dos de una vez sin problema, y si eres un poco osado es facilísimo trepar por la puerta y saltar al otro lado. En realidad el castillo no se visita, (es una casa particular) solo se accede al perímetro aéreo que se suspende en vertical a 100 metros de altura. Y no es ficticio, dando la vuelta a la muralla, se llega a la torre más alta, construida sobresaliendo de la roca, y al mirar hacia abajo se ve el pueblo diminuto sin referencia de dónde estás apoyado, la sensación de vértigo es brutal, pero si se consigue dominar da paso a la sensación de estar flotando en el aire, contemplando como en una maqueta los restaurantes, los hotelitos y los transeúntes que hacía una hora habíamos visto a nivel cien metros más abajo.

Tremendamente impresionados por el encanto de Rocamadour, nos planteamos dormir allí, pero finalmente nos metimos en el camping cercano al mirador del pueblo de L’hospitalet y cenamos paté y ensalada en una terraza con vistas nocturnas a este lugar tan desconocido e inolvidable.

bym on julio 8th, 2009

Tanto por ver y esa noche teníamos que estar de vuelta en Madrid. Madrugamos para llegar a las cuevas de Padirac, pero no abrían hasta las 9.30, y había una cola de gente como para pensárselo. Compramos el desayuno y nos lo comimos mientras esperábamos a pagar los 9 € de la entrada. Hay ascensores para bajar, pero vale la pena hacerlo por la escalera que desciende sima abajo y cuando llegas al final contemplas el enorme agujero por el que has entrado y los túneles en los que te vas a meter. Es una cueva diferente a casi todas, parece como una estrecha y altísima garganta cerrada, sin salida por arriba, que va serpenteando según el curso del río (como el cañón de la Media Luna de Indiana Jones). Llegas a unas barcas y en ellas te conducen por la garganta hasta la zona que se puede recorrer a pie. El barquero y después el guía contaron un montón de cosas, pero como solo hablaban francés apenas nos enteramos. De lo que sí nos enteramos fue de que el agua estaba a 12º y la temperatura ambiente a 13º durante todo el año.

Se nos había ido media mañana, pero valió la pena, un lugar asombroso. Aún queríamos visitar tres pueblos antes de marcharnos. El primero fue Domme, con un mirador sobre el Dordoña muy bonito, desde donde se ven las canoas avanzando por el río. El pueblo tiene sus propias cuevas subterráneas, pero nos conformamos con comer en una terraza una degustación de patés y quesos. Hay además mucha oferta de actividades acuáticas y al aire libre, bicis por la carretera, parapentes en el aire, bañistas en los ríos, bosques, gastronomía… así que de camino al siguiente pueblo, paramos a comprar paté, lo hay de mil tipos y es uno de los lugares del mundo donde tiene más prestigio. Desde luego estaba delicioso.

Llegamos a Castelnaud-la-Chapelle donde nos pedían 3€ por dejar el coche en el parking (terminamos por encontrar una zona gratuita) y subimos las empinadas cuestan que llevan al castillo. No teníamos mucho tiempo, así que ni nos planteamos pagar los 8€ que costaba entrar a la fortaleza.

 

Perigord (3) 

Después fuimos a Beynac, que tenía muy buena pinta, aunque solo lo vimos desde la carretera. Su silueta, coronada por otro castillo, fue la que más nos recordó a Rocamadour pero era tardísimo y también queríamos ir a Limeuil. Estos tres pueblos tienen en común el entorno formidable en el que se encuentran, los castillos que coronan sus siluetas y el inevitable pago por el acceso a todos ellos. En Limeuil había que pagar 6,50€ solo por pasear por sus jardines y acceder al castillo.

La falta de tiempo nos dejó con la sensación de habernos dejado a medias esta región del Perigord francés, que ha sido todo un descubrimiento y bien merece una estancia de tres o cuatro días.

Para el camino de regreso decidimos prescindir de la autopista de peaje y cortar por la carretera que va entre Bergerac y Marmande. Error garrafal. 140 km de camiones, pueblos con semáforos, rotondas y la rémora de que después de eso te quedan seis horas más de autopista. Coincidió además que era víspera de fiesta en Francia y encontramos algunos atascos. Así que le echamos paciencia y tras nueve horas de viaje llegamos a Madrid después de dos semanas de recorrer el oeste casi completo de Francia.

Fueron 13 días, 12 noches, más de 5.000 kilómetros recorridos en coche y un montón de cosas que contar que han quedado plasmadas en este cuaderno de viaje. Francia tiene tantas cosas que ver que podríamos volver a hacer el mismo recorrido sin repetir uno solo de los lugares visitados y seguir siendo un viaje increíble. Variedad, cercanía, precios asequibles y un encanto especial en sus pueblos y sus paisanos. Un viaje muy recomendable. 

                                                                                              Belén y Miguel.