La catedral de Chartres es una de las paradas obligatorias para cualquier amante de la arquitectura gótica. Revolucionaria cuando fue levantada en el siglo XIII, supuso el asentamiento del estilo gótico y el establecimiento de sus características principales. Destaca por sus relieves (es la iglesia con el mayor número de representaciones de la Virgen) y especialmente por sus más de 180 vidrieras, la mayoría de ellas conservadas desde su construcción. Algunos de los colores empleados han sido imposibles de reproducir en la actualidad como el azul de la famosa Ventana de la Virgen Azul (Notre Dame de la Belle Verrière).  Lo curioso es que no hay que pagar, esto nos llamó mucho la atención, en España tienes que pagar 6 eurazos por entrar a la catedral de Zamora. Con poco tiempo y no mucho más que ver en Chartres, continuamos camino hacia el sur.

Había llegado el momento de cruzar media Francia por carretera, pero nuestro viaje tenía una última etapa antes de traspasar la frontera: el Perigord. Ubicado en el suroeste de Francia, el río Dordoña ha creado un abrupto paisaje de valles y cañones con desniveles idóneos para asentar castillos fácilmente defendibles. Una zona desconocida para nosotros hasta que nos planteamos este viaje en coche y descubrimos que había una región famosa por sus patés y sus quesos artesanos, con pueblos encantadores construidos en torno a castillos que se izan sobre los alto de un tremendo acantilado e infinidad de cuevas con importantes hallazgos arqueológicos. Altamente recomendable.

Después de 6 horas de autopistas cogimos una carretera secundaria con rumbo a Rocamadour, pero cuando en el camino apareció un cartel de las cuevas de Padirac (Gouffre de Padirac) consultamos la guía y decidimos hacer caso a las 3 estrellas de su calificación. No obstante eran las 6 de la tarde y ya sabíamos que para los franceses eso es casi hora de cenar, así que cuando llegamos acababan de cerrar (Horario de 9:30 a 18). Aún así pudimos ver la increíble sima de 30 metros de diámetro que se adentraba verticalmente en la tierra como entrada a unas cuevas de túneles kilométricos a los que sólo se puede acceder por barca. Suficiente para madrugar al día siguiente.

Volvimos hacia Rocamadour, a unos 16 km de distancia por un camino que cruza entre bosques, granjas de ocas y pueblos pequeñitos. La carretera te lleva por la parte alta de la montaña y al tomar una curva aparece el valle entre acantilados y el pueblo vertical comandado por una iglesia esculpida sobre la pared de roca entre el pueblo y el castillo, unos cien metros más arriba. Desde esa distancia aquel paisaje era digno de haberse cruzado Francia para llegar allí.

Rocamadour

No se puede aparcar dentro, pero hay un par de parkings gratuitos más abajo, siguiendo la carretera que, por cierto, se acaba aquí. Empezamos a subir y con cada escalón era todo más bonito. La única calle empedrada atraviesa restaurantes con terrazas panorámicas y hotelitos bastante asequibles, todo ello con una cautivadora estética medieval.

Empezamos a subir una escalera de piedra hasta llegar a la iglesia, un emplazamiento asombroso en la pared del acantilado y un escenario de película. Era un sitio increíble con un montón de rincones que no sabes de dónde salen, y cada tramo de escalera que subes te lleva a una sala inmensa, a un patio o a una torre desde donde se ve el pueblo en perspectiva alzada.

Rocamadour (6)

El pueblo fue en su día uno de los principales centros de peregrinación del camino de Santiago desde que se abrió la tumba de San Amador y se le encontró incorrupto. De entre sus cinco santuarios, a los que se accede desde la increíble placita de la foto, destaca el de la Virgen Negra, la imagen más venerada del lugar. Tomando uno de los pasillos porticados, se llega a un camino que se adentra en un bosque y va ascendiendo por un viacrucis hasta llegar a un altar emplazado en una cueva muy profunda. Siguiendo camino arriba se llega al castillo. Hay que subir, es algo impresionante, las vistas desde allí valen cualquier esfuerzo. Para entrar al castillo hay que meter 2 euros por persona en la puerta enrejada giratoria, pero apretándose un  poco entran dos de una vez sin problema, y si eres un poco osado es facilísimo trepar por la puerta y saltar al otro lado. En realidad el castillo no se visita, (es una casa particular) solo se accede al perímetro aéreo que se suspende en vertical a 100 metros de altura. Y no es ficticio, dando la vuelta a la muralla, se llega a la torre más alta, construida sobresaliendo de la roca, y al mirar hacia abajo se ve el pueblo diminuto sin referencia de dónde estás apoyado, la sensación de vértigo es brutal, pero si se consigue dominar da paso a la sensación de estar flotando en el aire, contemplando como en una maqueta los restaurantes, los hotelitos y los transeúntes que hacía una hora habíamos visto a nivel cien metros más abajo.

Tremendamente impresionados por el encanto de Rocamadour, nos planteamos dormir allí, pero finalmente nos metimos en el camping cercano al mirador del pueblo de L’hospitalet y cenamos paté y ensalada en una terraza con vistas nocturnas a este lugar tan desconocido e inolvidable.

Comments are closed.