Tanto por ver y esa noche teníamos que estar de vuelta en Madrid. Madrugamos para llegar a las cuevas de Padirac, pero no abrían hasta las 9.30, y había una cola de gente como para pensárselo. Compramos el desayuno y nos lo comimos mientras esperábamos a pagar los 9 € de la entrada. Hay ascensores para bajar, pero vale la pena hacerlo por la escalera que desciende sima abajo y cuando llegas al final contemplas el enorme agujero por el que has entrado y los túneles en los que te vas a meter. Es una cueva diferente a casi todas, parece como una estrecha y altísima garganta cerrada, sin salida por arriba, que va serpenteando según el curso del río (como el cañón de la Media Luna de Indiana Jones). Llegas a unas barcas y en ellas te conducen por la garganta hasta la zona que se puede recorrer a pie. El barquero y después el guía contaron un montón de cosas, pero como solo hablaban francés apenas nos enteramos. De lo que sí nos enteramos fue de que el agua estaba a 12º y la temperatura ambiente a 13º durante todo el año.

Se nos había ido media mañana, pero valió la pena, un lugar asombroso. Aún queríamos visitar tres pueblos antes de marcharnos. El primero fue Domme, con un mirador sobre el Dordoña muy bonito, desde donde se ven las canoas avanzando por el río. El pueblo tiene sus propias cuevas subterráneas, pero nos conformamos con comer en una terraza una degustación de patés y quesos. Hay además mucha oferta de actividades acuáticas y al aire libre, bicis por la carretera, parapentes en el aire, bañistas en los ríos, bosques, gastronomía… así que de camino al siguiente pueblo, paramos a comprar paté, lo hay de mil tipos y es uno de los lugares del mundo donde tiene más prestigio. Desde luego estaba delicioso.

Llegamos a Castelnaud-la-Chapelle donde nos pedían 3€ por dejar el coche en el parking (terminamos por encontrar una zona gratuita) y subimos las empinadas cuestan que llevan al castillo. No teníamos mucho tiempo, así que ni nos planteamos pagar los 8€ que costaba entrar a la fortaleza.

 

Perigord (3) 

Después fuimos a Beynac, que tenía muy buena pinta, aunque solo lo vimos desde la carretera. Su silueta, coronada por otro castillo, fue la que más nos recordó a Rocamadour pero era tardísimo y también queríamos ir a Limeuil. Estos tres pueblos tienen en común el entorno formidable en el que se encuentran, los castillos que coronan sus siluetas y el inevitable pago por el acceso a todos ellos. En Limeuil había que pagar 6,50€ solo por pasear por sus jardines y acceder al castillo.

La falta de tiempo nos dejó con la sensación de habernos dejado a medias esta región del Perigord francés, que ha sido todo un descubrimiento y bien merece una estancia de tres o cuatro días.

Para el camino de regreso decidimos prescindir de la autopista de peaje y cortar por la carretera que va entre Bergerac y Marmande. Error garrafal. 140 km de camiones, pueblos con semáforos, rotondas y la rémora de que después de eso te quedan seis horas más de autopista. Coincidió además que era víspera de fiesta en Francia y encontramos algunos atascos. Así que le echamos paciencia y tras nueve horas de viaje llegamos a Madrid después de dos semanas de recorrer el oeste casi completo de Francia.

Fueron 13 días, 12 noches, más de 5.000 kilómetros recorridos en coche y un montón de cosas que contar que han quedado plasmadas en este cuaderno de viaje. Francia tiene tantas cosas que ver que podríamos volver a hacer el mismo recorrido sin repetir uno solo de los lugares visitados y seguir siendo un viaje increíble. Variedad, cercanía, precios asequibles y un encanto especial en sus pueblos y sus paisanos. Un viaje muy recomendable. 

                                                                                              Belén y Miguel.

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