Nuestro día de castillos empezó con la búsqueda de los famosos croissants franceses, pero tuvimos que conformarnos con el pan con mantequilla del bar del camping, con zumo y café por ¡6,50! ¡Los desayunos son carísimos por toda Francia! Recogimos el campamento y huimos de los mosquitos en dirección a Chenonceau.

Los castillos más famosos del valle del Loira son Chambord (el más grande y todo un símbolo en Francia), Chenonceau, Azay-le-Rideau, Villandry y Blois. Esos son los que suelen recomendarse en las guías, aunque cada uno tiene su propio encanto. Nosotros teníamos tiempo para ver dos, así que nos quedamos con Chenonceau y Azay-le Rideau por recomendación de conocidos.

Empezamos por Chenonceau que quedaba muy cerca de Amboise. Conocido como “El castillo de las señoras” porque fue gobernado durante siglos por mujeres mientras sus maridos combatían, Chenonceau (10€ adultos, 8€ estudiantes) se caracteriza por su inmenso salón de baile sobre el río Cher (afluente del Loira). A lo largo de los siglos, resistió guerras y revoluciones y acabó convirtiéndose en hospital para los heridos de la Primera Guerra Mundial. Pero su papel más importante fue durante la Segunda Gran Guerra. El río Cher era la frontera entre la zona ocupada por Alemania y la Francia libre. Como único puente no vigilado sobre el río, el salón de baile de Chenonceau fue utilizado por la resistencia como vía de escape. Sospechando algo por el estilo, los nazis mantuvieron durante toda la guerra una batería apuntando al castillo, dispuestos a destruirlo.

Chenonceau

Paseamos por las habitaciones de reinas y reyes, por el laberinto del jardín, la orilla del río y después de asomarnos al restaurante de lujo l’Orangerie, pusimos rumbo a Tours donde decidimos comer.

Tours es la ciudad más grande del valle del Loira, llena de tiendas y animación. Al aparcar descubrimos una maravillosa costumbre francesa: durante las horas de la comida ¡no se paga parquímetro! El único problema es que para ellos la comida es entre las 12 y las 14. Encontramos una calle peatonal llena de terracitas de todo tipo y acabamos eligiendo un restaurante que ofrecía un menú barato en francés. Primero nos miraron raro por querer comer tan tarde (14:15) y después nos miraron aún más raro al darse cuenta de que no teníamos ni idea de lo que estábamos pidiendo. Ni el camarero hablaba inglés ni nosotros francés, así que fue una comida bastante curiosa y además tuvimos suerte y no pedimos nada raro. Después dimos una pequeña vuelta por Tours, entramos a la catedral de Saint Gatien y volvimos al coche pasando por delante del vistoso “Hotel d’Ville”, que parecía un hotel de cinco estrellas pero que resultó ser el ayuntamiento.

Azay-le-Rideau está construido en un lugar idílico, una isla en medio del río Indre rodeada de bosquecillos. El castillo comenzó siendo un torreón fortificado que fue tomado por los partidarios ingleses en la Guerra de los Cien Años. El regimiento tuvo la mala idea de burlarse del futuro Carlos VII (el paladín francés) mientras atravesaba el pueblo. Carlos sitió el castillo, venció a los soldados, los ahorcó a todos y prendió fuego al castillo y al pueblo. En las ruinas se levantó el nuevo edificio renacentista, un tranquilo palacete en el que pasó una temporada el mismísimo Luis XIV, el Rey Sol.

Azay le Rideau

La visita al castillo y sus jardines cuesta 8’50€ más 1€ si se coge la audioguía. Además de las habitaciones, se podía visitar una exposición dedicada a la historia mitológica de Psique y el Amor. Paseamos por la orilla del río rodeando el castillo y acabamos con los pies metidos en el agua una vez más. Con el calor agobiante que hacía, el pequeño baño nos sentó de maravilla.

Nuestra etapa en el Loira acababa, así que al salir de Azay, pusimos rumbo a la costa bretona. Llegamos a La Baule sobre las 19:30 y empezamos la búsqueda de camping. La Baule forma junto con Pornichet y Saint Nazaire una de las zonas de veraneo más concurridas. Una playa interminable de arena fina con edificios de apartamentos de unas 6 ó 7 plantas y sus puertos deportivos llenos de yates, podrían confundirse con muchas zonas de la costa española sino fuera porque no hay ni un alma a partir de las 19 h.

Lo que quedaba de tarde lo pasamos luchando contra los horarios franceses. Cuando por fin localizamos un camping, la recepción estaba cerrada y decidimos colarnos e instalarnos a escondidas (aunque luego acabamos hablando con un guardia de seguridad) y cuando quisimos ir a cenar, volvieron a mirarnos como a marcianos (eran las 22 y ellos suelen cenar entre las 19 y 21). Al fin encontramos un restaurante junto a la playa donde probamos por primera vez la ensalada bretona, típica ensalada a la que se añade patata cocida y bacon y que sirve para dar de comer ¡a 10 personas!

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