Cuando nos levantamos decidimos investigar el pasadizo que unía el camping con la playa y darnos un bañito en el Atlántico, aunque el agua estaba bastante fría y las olas rompían con fuerza como para pensártelo dos veces. Después a recoger la tienda y adentrarnos en Bretaña, pero antes había que pasar una pequeña prueba. El motor del coche había perdido aceite el día anterior, así que una vez más nos enfrascamos en la entretenida aventura que supone hacerse entender con un autóctono. Esta vez fue gracias a un dibujo del sensor del aceite que hicimos en una libreta como conseguimos que el hombre de la gasolinera nos diera lo que necesitábamos.

Con el trámite solucionado salimos hacia Rochefort-en-Terre, un pueblecito cercano a Vannes con la categoría de “Ville Fleurie”, etiqueta que pronto descubrimos que no era muy de fiar, ya que está demasiado presente en las carreteras francesas. Rochefort sí la merece, pues conserva todo el espíritu medieval de hace siglos y el encanto de un lugar de casas de piedra con el toque de turismo justo. Se encuentra cercano a los bosques de Paimpont, legendarios y místicos, cargados de leyendas de personajes como el Mago Merlín y el Rey Arturo.

Rochefort-en-Terre (3)

Llegamos a mediodía y decidimos probar nuestra primera creperíe, eran poco más de las doce, pero si te despistas en Francia puedes encontrarte todas las cocinas cerradas a las dos y media. Comimos unas ricas galettes, muy parecidas a los crepes, pero siempre rellenas de algo salado; tienen un precio que oscila entre los 5 y los 10 euros y sueles quedarte bastante satisfecho con una sola galette. Después dimos una vuelta por el pueblo, nos acercamos a ver el castillo y emprendimos la marcha por esas bonitas carreteras secundarias que tiene Bretaña.

Nos dirigimos a la península de Quiberon, una lengua de tierra con dos vertientes muy distintas. La orilla oriental la forman tranquilas playas de aguas mansas, y la orilla occidental es la llamada Costa Salvaje, de acantilados abruptos y fuerte oleaje, playas abarrotadas de surfistas y ni un solo bar ni terraza para tomarse una cervecita. Como pensábamos pasar allí toda la tarde nos desviamos hacia el primer cartel de Chambres d’Hotes, y llegamos a una casita muy chula donde una señora que chaporreaba lo que podía en inglés nos enseñó nuestra habitación doble con desayuno por 60 euros.

Dejamos allí las cosas y nos fuimos a la playa, a una de las tranquilas de la orilla este, pero primero recorrimos a pie la Punta de Conguel en un agradable paseo de media hora. Desde allí se intuye el golfo de Morbihan, lleno de islotes y que tiene que ser curioso recorrer en barquito o en canoa, y también se puede llegar a la Belle Ile, un paraje protegido paraíso de aves marinas.

Costa Salvaje (1)

Nos bañamos y tostamos al infrecuente sol bretón y al atardecer recorrimos en coche la Costa Salvaje, que no hace honor a su nombre, ya que sus acantilados son bajos y descienden escalonadamente y la fuerza del mar tal vez sea brutal en otras ocasiones, pero no ese día. Un sendero litoral bordea la costa, al igual que la carretera, aunque ésta más separada del límite. Hay varias entradas a parkings de tierra para acercarse a las playas y a las vistas más bonitas.

El sol tarda en ponerse, y a las 9 de la tarde llegamos a los alineamientos megalíticos de Carnac, filas y filas de menhires alineados durante kilómetros sin que haya sido posible encontrar una explicación. Hay un centro de información donde puedes contratar un guía y caminar entre las piedras, si no solo puedes verlas desde la valla, aunque está muy cerca, se ven bastante bien y de vez en cuando sobresale una torreta para apreciarlo en conjunto desde arriba. El nombre celta es Karnag, pero casi todo el mundo lo conoce por el afrancesado Carnac. Son varios campos en unos 4 o 5 kilómetros, el más chulo que vimos fue el último, el de  Kermario, y justo allí en medio de todo hay una especie de posada-creperie con una terracita genial. Allí cenamos y de vuelta a la Chambres pasamos por unos campos de cultivo gigantescos con plantaciones de la altura de una persona, que con la última luz del día estaba precioso.

Bretaña

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