El desayuno de la casita de Carnac fue en la mesa del salón junto con varios huéspedes franceses, y se compuso de tartas, tostadas y fruta, además de zumos, café, té o chocolate a elegir. La anfitriona explicó en su inglés gestual que iba a llover hasta mediodía, pero por la tarde saldría el sol, y como de  momento acertaba decidimos llegar hasta Pont-Aven por carreteras secundarias y locales a ver si mientras tanto se despejaba. Es bastante recomendable esta práctica, ya que se ve la auténtica Bretaña imposible de descubrir desde la autopista: casitas de piedra todas con su parcela escondidas entre cultivos de gran vegetación, escasos accidentes geográficos y pueblos pequeños y agradables donde siempre sobresale el pico de una iglesia.

Pueblo tras pueblo llegamos a Pont-Aven, una parada que merece la pena. Hogar de pintores impresionistas como Gauguin a finales del siglo XIX en muchos de sus rincones hay una placa con la historia del pintor que retrató el mismo paisaje  que tienes ante tus narices. El pueblecito está lleno de canales de agua y molinos de madera movidos por el río, de puentes llenos de flores y de árboles enormes que llevan sus ramas hasta el agua del río.

Comimos en un restaurante muy bonito con terraza a la orilla del río, y por primera vez probamos la auténtica tortilla francesa (omelette), con jamón, bastante buena, mucho más gruesa que la que nosotros llamamos francesa y mucho menos cuajada.

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Pont-Aven (5)

Nuestra siguiente parada fue Concarneau, una ciudad pesquera con un puerto abarrotado y la ciudadela amurallada de fondo. El boulevard de esta parte de la ciudad y el paseo marítimo que rodea la ciudad están bien, pero no llegan a justificar la etapa de una ciudad que de orillas a dentro no ofrece nada interesante. Su mayor atractivo son las antiguas mansiones de veraneo de los parisinos ricos, inmensas casas con jardines y grandes ventanales abiertos al mar.

Con las nubes negras cerniéndose de nuevo sobre nuestras cabezas nos dirigimos hacia Punta Raz, pero dado que la lluvia amenazaba decidimos volver a alargar el camino dando un rodeo por Pont-L’Abbé y Punta Penmarc’h. Aquí es donde descubrimos que el mapa de carreteras era solo para llegar de un sitio a otro, pero no para elegir el camino, ya que los puntos panorámicos que marcaba en esta zona se referían a un soso faro de 65 metros desde el que se pueden ver las infinitas rotondas por las que hay que pasar. También aquí fue la única ocasión en la que llamamos a la puerta de una Chambres d’Hotes y nos dijeron que estaba completa.

Lo mejor de los pueblos de la zona son sus pequeñas iglesias góticas, que merecen una visita por sus originales formas y elaborados calvarios. En todas ellas además hay placas con los nombres de todos los soldados nacidos en el publo, caídos en las guerras mundiales.

Enfilamos la carretera hacia punta Raz, tres estrellas en las guías y foros, con la misión de encontrar alojamiento de camino. Hay muchos carteles de Chambres d’Hotes, es casi imposible no toparse con alguno, y en uno de ellos nos metimos callejeando entre campos y cultivos verdes y amarillos hasta llegar a la casa de un auténtico y genuino bretón que solo hablaba en francés o incluso en bretón cerrado. Imposible entenderse con palabras, pasamos a los signos de indios: dormir-una noche-dinero-desayuno-a que hora-puerta-llave. Es genial, sin duda una parte importante de este viaje. Este señor era un fenómeno y al parecer le gustaba tanto como a nosotros el intercambio gestual y la búsqueda del entendimiento por cualquier medio, así que se empeñó en contarnos que si íbamos a Punta Raz a esa hora ya no pagaríamos parking, porque después de las 6 ya no se paga, y que a la vuelta podíamos aparcar en la parte de atrás de la casa y qué queríamos para desayunar, si chocolate o café, si frío o caliente (esto fue una odisea entenderlo, se fue incluso hasta el microondas para explicarlo), y que ya por la mañana le pagábamos. Como en Bailando con Lobos.

Así que nos dirigimos a Punta Raz, un lugar donde las olas deben romper salvajemente cuando hay tormenta, donde sus tres faros alineados seguramente desaparecerán bajo las embestidas del mar. Tiene que ser un espectáculo digno de admiración, pero difícil de ver. Al menos en las tiendas del aparcamiento hay un montón de fotos sobre esto y guías de Bretaña hasta en español, lo cual es casi un milagro. No tienen libros ni en inglés, ni siquiera en las grandes librerías de las ciudades. Solo francés.

Punta Raz (3)

Tras los faros aparece la isla de Sein, de un metro y medio de desnivel sobre el mar, y que está habitada, por increíble que parezca. Hay varias casas allí, unos 250 habitantes. Es alucinante porque es diminuta, como un pedrusco en medio del agitado mar. Varios senderos rodean el cabo hasta el faro y después de él, e incluso comunican la zona con la Punta de Van, un poco más allá.

A la vuelta hacia la casa pasamos por algunos pueblos fantasma, todo cerrado, nadie en la calle.  Bastante luz aún, ni siquiera eran las 9 de la noche cuando encontramos una pizzería abierta, en la que fuimos los únicos clientes, y la amable señora no se molestó cuando le pedimos la pizza para llevar y luego se la hicimos poner en dos platos para comérnosla allí, ya que el sitio era muy agradable. Los últimos atisbos de luz diurna no fueron suficientes para orientarnos entre los campos de altos cultivos y dimos cien vueltas y cogimos mil cruces a la derecha y luego a la izquierda y vuelta a empezar para encontrar nuestra casa. Muy importante quedarse con detalles del camino para saber volver, porque el paisaje casi no cambia y la noche lo iguala aún más.

Por fin llegamos y dormimos plácidamente en una cómoda cama doble.

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