Es difícil escoger un día como el mejor del viaje, pero sin duda éste fue uno de los mejores. Siempre hay que elegir y dejar cosas por el camino, pero si tenéis los días muy justos mi consejo es dejar la parte sur de Bretaña y dirigirse a la parte norte. Empezamos por la Costa de Granito Rosa, un paisaje único y espectacular, muy parecido a la Pedriza de la sierra de Madrid, pero con el mar rompiendo en sus rocas multiformes, verdaderamente rosado según cómo le incida el sol.

El camino desde Brest se puede hacer por autopista, pero una vez más decidimos emplear las carreteras más estrechas para contemplar en el traslado una parte importante del paisaje bretón, con sus casitas de piedra y sus altos y coloridos cultivos. Nuestro destino era Tregastel Playa, desde donde se inicia una parte de la senda de los aduaneros, un camino costero archiconocido en Bretaña, construido en el siglo XVIII bajo el mandato de Napoleón, y empleado por miles de agentes de aduana que se disfrazaban de campesinos y patrullaban estos caminos para detener cualquier embarcación que intentase introducir material de contrabando en el país. Tiene en total unos 1.300 km de longitud, prácticamente recorre todo el perímetro de la costa bretona, y el tramo de la Costa de Granito Rosa es especialmente atractivo.

Costa Granito Rosa (5)

Dejando el coche en Tregastel Playa se accede a una serie de calas consecutivas a través de este sendero, cruzando por acantilados de roquedales y por la misma arena de las playas. Muy recomendable. Llegamos sobre la una del mediodía y enseguida fuimos atraídos por unos enormes bloques de granito, anaranjados a esa hora del día, que descansaban sobre la arena de la playa y cuyas seductoras y caprichosas formas invitan a su exploración de cerca. Escalamos el más alto, comprobando así el tacto áspero de la roca, y tras cruzar esa misma playa nos sentamos a comer unos bocatas en lo alto del acantilado sobre un agua de mar azul verdosa y un paisaje de cuento. Una pequeña siesta al sol y seguimos adelante, cruzando más calas y rocas erosionadas hasta llegar a la península de Renote, por donde la senda hace un pequeño rodeo para luego continuar hacia Ploumanac´h. Hay que hacer este pequeño paseo por Renote, atravesando rocas gigantescas que asoman desde el mar, o quedan sumergidas entre pinos y vegetación, y bordeando los jardines vallados de las preciosas casas de unos pocos privilegiados.

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Se rodea esta pequeña península en apenas media hora y al regreso hacía calor y nos pusimos los bañadores para meternos al agua, ya que la marea había creado una laguna salada entre dos franjas rocosas y al otro lado de la playa se distinguía una pequeña cala desierta a la que solo le faltaba la palmera y la tumbona de red. Allí nos dirigíamos, decididos a salvar aquellos 50 metros a nado cuando una anciana nos detiene categórica y nos hace entender en cerrado francés que allí no debemos bañarnos, que de hacerlo los remolinos se nos tragarán y seremos pasto de los peces. Fue muy clara en su demostración de hundimiento sin retorno. Efectivamente donde se unían las dos corrientes de agua parecían formarse unas espirales de espuma que no aparentaban mayor peligro, pero decidimos ir un poco más allá y hacer caso a la señora, aunque la excursión a la calita paradisíaca ya no fuera posible.

El camino de vuelta por la senda de los aduaneros eran los mismos 2 kilómetros que a la ida, pero el paisaje fue muy diferente. Apenas 4 horas le habían bastado al mar para comerse las playas, y las rocas que habíamos escalado a nuestra llegada eran ahora trampolines donde unos chavales saltaban al agua a 50 metros de la orilla. Una vez más el efecto de las mareas resultaba impresionante. Hay canoas para recorrer la zona y algunos chiringuitos de helados y bebidas.

Fuimos a buscar casita y enseguida la encontramos al pie de la carretera. Una señora joven que nos caló en dos frases utilizó sus cuatro palabras aprendidas en español para acomodarnos, y nos cobró 60 euros con desayuno, excelente, por cierto, con crepes y croasants. Pero no es lo mismo, nos quedamos con los míticos bretones de carreteras perdidas que no salen de su dialecto y su buenísima voluntad por entender y ser entendidos.

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Desde allí nos marchamos a Ploumanac´h, a seguir otro tramo de la senda de los aduaneros, una parte especialmente hermosa, con las piedras muy rosadas al atardecer, y una camino que conduce a un faro del mismo color desde el que se aprecian las Siete Islas, un pequeño archipiélago deshabitado reserva natural de aves como el añorado puffin, al que tanto cariño cogimos en Islandia y que aparece en miles de llaveros, pines y fotos, pero al que apenas se consigue ver en Bretaña. Desde el faro se puede continuar por ese litoral rosa despedazado, pasando por debajo de pedruscos enormes suspendidos en el aire, apenas sujetados por una roca diez veces menor y formando figuras evocadoras. Con un poco de imaginación te puedes pasar horas en ese paisaje de cuento.

Compramos una caja de croasants en un súper y nos fuimos a Perros-Guirec a ver su original iglesia y a zamparnos los croasants en la playa a la puesta del sol. Había sido un día formidable.

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