Empezamos el día visitando Dinan, uno de los considerados pueblos más bonitos de Bretaña, una reputación bien merecida. Plagado de casas medievales, Dinan trepa por la falda de una colina quedando dividido en dos: arriba, el Dinan amurallado, con sus casas en saledizo con vigas de madera y su catedral del siglo XII y abajo, el puerto. Aprovechando el cauce del río Rance, Dinan se comunica con el mar, a pesar de estar a más de 20 km tierra adentro, y el pueblo medieval se convierte en un animado puerto de recreo con terrazas y barcos de vela. Pero lo más bonito de todo es la calle que une ambas partes subiendo la colina. Merece la pena animarse, a pesar de la pronunciada cuesta y recorrer las casas más tradicionales, llenas de restaurantes típicos y tiendas de artesanía de todo tipo. Hay un trenecito turístico que recorre el pueblo para quien no se sienta con fuerzas.

Dinan (3)

No pudimos resistir la tentación de una de las pastelerías, compramos trozos de pizza y macarons (qué pena que sean tan caros) y nos los comimos sentados en un puente con los pies colgando sobre el río Rance.

Nuestra siguiente parada era una de las más deseadas del viaje: el Mont Saint Michel. Construido sobre un monte en medio del mar, las acusadas mareas de Normandía convirtieron el lugar en leyenda. Aislado del continente con la marea alta y comunicado por una estrecha lengua de tierra con la bajamar, el lugar se convirtió con los siglos no solo en lugar de peregrinación sino en una fortaleza inexpugnable.

La importancia religiosa de Mont Saint Michel se remonta al año 708, cuando el obispo Aubert recibió en sueños la visita del arcángel San Miguel quien le pidió que levantara un templo en la isla. Aquella primera iglesia se convirtió entre los siglos XI y XII en una abadía románica y en uno de los centros de peregrinación más importantes y concurridos del mundo. Desde entonces, el monasterio sufrió ataques, reformas, derrumbamientos, donaciones, continuos cambios que formaron el ecléctico e impresionante edificio que se ve hoy en día.

Mont Saint Michel

Llegamos al sobre las dos del mediodía y nos quedamos en la parte más alejada del parking porque queríamos recorrer andando el último tramo de la lengua de tierra. Hay que fijarse en los carteles informativos de cada parking porque algunos (sobre todo el más cercano al monte) se inundan en algunas épocas del año con la marea alta y hay que sacar el coche a determinadas horas. Dejar el coche todo el día o solo un par de minutos son 4€.

Ya desde lejos el sitio impresiona. Tanto el monasterio como las casas del pueblo, se han construido siguiendo las posibilidades de la roca, de ahí que el conjunto parezca trepar hasta la aguja central. Pero según te acercas a la entrada, una marea de gente empieza a quitarle el encanto al lugar. Las pocas casas del pueblo de Saint Michel se han convertido en restaurantes, hoteles y museos de lo más variopinto. Desde todas partes llegan voces en varios idiomas vendiendo comida, entradas o souvenirs. La calle principal es estrecha y agobiante y la única manera de trepar hasta el monasterio es a empujones. Este desagradable ascenso sin embargo se ve completamente compensado una vez se accede al recinto del monasterio y empieza a conocerse la historia del lugar.

Abierta todo el año entre 9:30 y 16:30, la abadía del Mont Saint Michel es uno de los recintos religiosos más espectaculares del mundo, no sólo por su arquitectura mezcla de estilos sino por sus vistas. Puede cogerse una audioguía por 4,5€ o incorporarse a alguna de las visitas guiadas (en distintos idiomas a lo largo del día, a las 16h en español cuando estuvimos nosotros). Desde las ventanas y terrazas pueden contemplarse las crecidas de la marea y la otra isla de la bahía, la isla Tombelaine, el lugar al que se retiraban los monjes que veían Saint Michel muy concurrido.

Lo de las mareas se ve solo si hay suerte, porque resulta que el agua no llega hasta Saint Michel todos los días. De hecho, nosotros acabamos nuestra visita paseando por el fondo arenoso del mar e incluso vimos algunos grupos caminando hacia Tombelaine.

Mont Saint Michel (5)

En parte fue un chasco, porque queríamos ver el monte rodeado de agua, pero también fue curioso rodear la isla y ver las megafonías instaladas en su costa para advertir a los paseantes de las crecidas del mar. Se decía en la antigüedad que la velocidad a la que subía el agua era la de un caballo al galope. En realidad sube a 62 metros por minuto, lo que no está nada mal, y el agua recorre 18 km en su crecida. Esperamos poder pasar otra vez algún día y verlo todo inundado. Para consultar los horarios de las mareas podéis entrar en: http://www.ot-montsaintmichel.com

La acción del hombre durante siglos, primero ganando terreno al mar para cultivos y pastos y en los últimos tiempos creando parkings y carreteras, han conseguido que el fenómeno de las mareas se suavice. Sólo desde inicios del siglo XX, el nivel del suelo creció 3 metros en torno a Mont Saint Michel. Desde 2006 el gobierno francés trabaja en un ambicioso plan de recuperación que devuelva al promontorio su carácter de isla, eliminado la carretera y sustituyéndola por un puente, entre otras medidas.

Nos marchamos del Mont Saint Michel en dirección a Caen y durante varios kilómetros seguimos disfrutando de la silueta del monasterio perdiéndose entre los pastos que nos rodeaban.

Al día siguiente queríamos visitar las famosas playas del desembarco de Normandía, así que continuamos camino hasta Sully, un pueblo cercano a Bayeux, donde encontramos la mejor Chambre de todo el viaje. Lo bueno no era el alojamiento, sino el trato. Nos recibió una abuelita enérgica y muy simpática, que no hablaba ni una palabra de inglés, aunque eso no la impedía tratar de explicarnos todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Salimos en busca de cena a Bayeux, aunque después de dar un paseo por el centro, preferimos ceder a las enormes ganas de comer una hamburguesa del McDonalds, así que nos entendimos como pudimos con la megafonía del McAuto y nos llevamos nuestra suculenta cena a las playas de Longues sur Mer, donde devoramos las hamburguesas como nuestro peculiar homenaje a los soldados americanos que desembarcaron en el día D.

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