bym on julio 16th, 2009

El desayuno de la casita de Carnac fue en la mesa del salón junto con varios huéspedes franceses, y se compuso de tartas, tostadas y fruta, además de zumos, café, té o chocolate a elegir. La anfitriona explicó en su inglés gestual que iba a llover hasta mediodía, pero por la tarde saldría el sol, y como de  momento acertaba decidimos llegar hasta Pont-Aven por carreteras secundarias y locales a ver si mientras tanto se despejaba. Es bastante recomendable esta práctica, ya que se ve la auténtica Bretaña imposible de descubrir desde la autopista: casitas de piedra todas con su parcela escondidas entre cultivos de gran vegetación, escasos accidentes geográficos y pueblos pequeños y agradables donde siempre sobresale el pico de una iglesia.

Pueblo tras pueblo llegamos a Pont-Aven, una parada que merece la pena. Hogar de pintores impresionistas como Gauguin a finales del siglo XIX en muchos de sus rincones hay una placa con la historia del pintor que retrató el mismo paisaje  que tienes ante tus narices. El pueblecito está lleno de canales de agua y molinos de madera movidos por el río, de puentes llenos de flores y de árboles enormes que llevan sus ramas hasta el agua del río.

Comimos en un restaurante muy bonito con terraza a la orilla del río, y por primera vez probamos la auténtica tortilla francesa (omelette), con jamón, bastante buena, mucho más gruesa que la que nosotros llamamos francesa y mucho menos cuajada.

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Pont-Aven (5)

Nuestra siguiente parada fue Concarneau, una ciudad pesquera con un puerto abarrotado y la ciudadela amurallada de fondo. El boulevard de esta parte de la ciudad y el paseo marítimo que rodea la ciudad están bien, pero no llegan a justificar la etapa de una ciudad que de orillas a dentro no ofrece nada interesante. Su mayor atractivo son las antiguas mansiones de veraneo de los parisinos ricos, inmensas casas con jardines y grandes ventanales abiertos al mar.

Con las nubes negras cerniéndose de nuevo sobre nuestras cabezas nos dirigimos hacia Punta Raz, pero dado que la lluvia amenazaba decidimos volver a alargar el camino dando un rodeo por Pont-L’Abbé y Punta Penmarc’h. Aquí es donde descubrimos que el mapa de carreteras era solo para llegar de un sitio a otro, pero no para elegir el camino, ya que los puntos panorámicos que marcaba en esta zona se referían a un soso faro de 65 metros desde el que se pueden ver las infinitas rotondas por las que hay que pasar. También aquí fue la única ocasión en la que llamamos a la puerta de una Chambres d’Hotes y nos dijeron que estaba completa.

Lo mejor de los pueblos de la zona son sus pequeñas iglesias góticas, que merecen una visita por sus originales formas y elaborados calvarios. En todas ellas además hay placas con los nombres de todos los soldados nacidos en el publo, caídos en las guerras mundiales.

Enfilamos la carretera hacia punta Raz, tres estrellas en las guías y foros, con la misión de encontrar alojamiento de camino. Hay muchos carteles de Chambres d’Hotes, es casi imposible no toparse con alguno, y en uno de ellos nos metimos callejeando entre campos y cultivos verdes y amarillos hasta llegar a la casa de un auténtico y genuino bretón que solo hablaba en francés o incluso en bretón cerrado. Imposible entenderse con palabras, pasamos a los signos de indios: dormir-una noche-dinero-desayuno-a que hora-puerta-llave. Es genial, sin duda una parte importante de este viaje. Este señor era un fenómeno y al parecer le gustaba tanto como a nosotros el intercambio gestual y la búsqueda del entendimiento por cualquier medio, así que se empeñó en contarnos que si íbamos a Punta Raz a esa hora ya no pagaríamos parking, porque después de las 6 ya no se paga, y que a la vuelta podíamos aparcar en la parte de atrás de la casa y qué queríamos para desayunar, si chocolate o café, si frío o caliente (esto fue una odisea entenderlo, se fue incluso hasta el microondas para explicarlo), y que ya por la mañana le pagábamos. Como en Bailando con Lobos.

Así que nos dirigimos a Punta Raz, un lugar donde las olas deben romper salvajemente cuando hay tormenta, donde sus tres faros alineados seguramente desaparecerán bajo las embestidas del mar. Tiene que ser un espectáculo digno de admiración, pero difícil de ver. Al menos en las tiendas del aparcamiento hay un montón de fotos sobre esto y guías de Bretaña hasta en español, lo cual es casi un milagro. No tienen libros ni en inglés, ni siquiera en las grandes librerías de las ciudades. Solo francés.

Punta Raz (3)

Tras los faros aparece la isla de Sein, de un metro y medio de desnivel sobre el mar, y que está habitada, por increíble que parezca. Hay varias casas allí, unos 250 habitantes. Es alucinante porque es diminuta, como un pedrusco en medio del agitado mar. Varios senderos rodean el cabo hasta el faro y después de él, e incluso comunican la zona con la Punta de Van, un poco más allá.

A la vuelta hacia la casa pasamos por algunos pueblos fantasma, todo cerrado, nadie en la calle.  Bastante luz aún, ni siquiera eran las 9 de la noche cuando encontramos una pizzería abierta, en la que fuimos los únicos clientes, y la amable señora no se molestó cuando le pedimos la pizza para llevar y luego se la hicimos poner en dos platos para comérnosla allí, ya que el sitio era muy agradable. Los últimos atisbos de luz diurna no fueron suficientes para orientarnos entre los campos de altos cultivos y dimos cien vueltas y cogimos mil cruces a la derecha y luego a la izquierda y vuelta a empezar para encontrar nuestra casa. Muy importante quedarse con detalles del camino para saber volver, porque el paisaje casi no cambia y la noche lo iguala aún más.

Por fin llegamos y dormimos plácidamente en una cómoda cama doble.

El desayuno en aquella casa tenía que ser interesante. Había varios franceses a la mesa y el señor anfitrión les daba palique y nos unía a la conversación. Dijo que iba a hacer un día soleado y así fue, aunque después del mediodía y con las perpetuas nubes algodonosas intercaladas en el cielo de Bretaña. Nos cobró 45 € por la habitación, siempre en efectivo, nadie en las Chambres d’Hotes te admite una tarjeta, y nos dijo que teníamos una media hora hasta Quimper. Aparcamos cerca del río en zona de “payant”, no existe otra cosa que payant, y fuimos a meter moneditas al parquímetro, pero como eran casi las 12 no hizo falta, ya que casi todos los parquímetros son gratis entre 12 y 2. Punto a favor para los franceses.

Quimper

Quimper es una ciudad súper bonita, llena de vida y de rincones chulos. Por lo que hemos leído y tuvimos que dejar atrás debe ser parecida a Vannes, Cancale y Vitré. Por supuesto tiene una catedral gigantesca, cualquier ciudad de medio pelo tiene una catedral enorme, ¡y no hay que pagar para entrar! Uncroayable. Allí nos zampamos nuestro primer croassant y probamos los macarons, unos pastelitos como galletas rellenas de varios sabores, especialmente rico está el de chocolate, aunque son bastante caros. Mandamos una postal y partimos rumbo a Locronan, otra triple estrella de las guías.

Formado por casitas de piedra de los siglos XVII y XVIII, el pequeño pueblo de Locronan es uno de los pueblos más turísticos de Bretaña y quizá por eso pierde un poco de encanto. Dimos un agradable paseo por sus callecitas, su iglesia cuadrada, sus tiendas de gastronomía típica (galletas, vinos y museo de las 100 cervezas) y su plaza empedrada y decidimos comer en una de las muchas terrazas de su calle principal. Para visitar el pueblo, completamente peatonal, es necesario dejar el coche en el parking de la entrada (3€), aunque en el extremo opuesto del pueblo también había coches, así que quizá se puede dar un rodeo. Es un destino obligado para los tours guiados, así que veréis varios autobuses aparcados y grupos de turistas cámara en mano.

Locronan

Allí comimos, y después partimos hacia una de las zonas más bonitas de Bretaña: la península de Crozon. Para llegar se pasa por el alto de Menez-Hom, de unos 300 metros, que dado lo inaccidentado de Bretaña es toda una cima, y con buenas vistas panorámicas. Según te acercas a Crozon las carreteras paisajísticas se suceden, pero de nuevo es interesante optar por las más pequeñas, las que se meten entre una vegetación tan densa que no te deja ver a los lados y luego se abre de repente mostrándote el mar allá abajo salpicado de velas blancas y algún islote poblado de pinos. Lo malo es que acabas medio perdido. Aterrizamos en una cala grande entre dos cabos muy verdes y bastante verticales, y ya que estábamos bajamos a meter los pies en el agua.

Siguiendo la carretera de la costa se llega a la playa de Morgat, un lugar de veraneo donde un día se instaló Peugeot, el de los coches, y desde entonces empezaron a florecer las casas y mansiones alrededor. Hay mucha gente bañándose, niños lanzándose al agua desde un dique de 4 metros de altura y un barco que te lleva por los acantilados para ver las miles de grutas que el mar ha ido excavando a fuerza de embestidas. Es un paseo de una hora con un coste de 10 € que merece muchísimo la pena. También se pueden alquilar canoas y recorrerlo a tu aire, entrando en las grutas y llegando hasta donde quieras. Debe ser genial. Nos dimos cuenta de las canoas cuando ya estábamos subidos al barquito, pero éste se mete también en las grutas como en un garaje y la guía te explica en francés cada cueva, aunque nos dieron un papel explicativo de cada cosa en español. La “chimenea del diablo” es una de las cavernas, con un agujero arriba, a bastantes metros de altura, por donde salta el agua en días de mar bravo, y justo encima tiene un chalet espectacular, uno de los pocos que dejaron construir, para no masificar la zona y cargarse el maravilloso entorno. El acantilado, cubierto de bosque, salvaje y espectacular, sesgado de grietas por las que entra el agua y alguna cala alucinante a la que solo se puede acceder por mar (algunas canoas privilegiadas estaban por allí), está ocupado tan solo por media docena de chalets en lo alto desde donde las vistas deben ser increíbles.

Crozon

El barco llega hasta Punta Chevre (Punta de la Cabra) y da la vuelta, pero en la orilla opuesta se mete en otra cueva de 80 metros de profundidad a la que se puede acceder a pie con marea baja. Para estas cosas hay que enterarse de las horas de las mareas, ya que cambian en cada parte y el paisaje se transforma completamente.

El barco tuvo que dejarnos en un dique diferente, desde el que salimos ya no tenía nada de agua, y allí donde saltaban los niños como en un trampolín solo había arena mojada y la playa se había ensanchado unos 50 metros. En solo una hora. Es impresionante lo de las mareas.

Aunque pensábamos bañarnos y hacer un poco el cabra desde el dique, como no había agua decidimos ir a buscar alojamiento, y volvimos a meternos por carreteritas mínimas hasta dar con una casa de un señor mayor que regaba su jardín y que tenía una docena de perros. Con los dedos nos hizo entender que eran 32 € la noche, y si queríamos desayuno 5 más por persona. Baño compartido en el pasillo, pero estábamos solos en la parte de arriba.

Desde ahí salimos a ver Punta Dinan, mucho más bonita que Punta Raz, tiene un final rocoso con un arco natural que forma el puente de acceso a un castillo en ruinas creado por la naturaleza.

Punta Dinan

Desde allí se ve la Punta Pen-hir, a la que se llega por una carretera chulísima que atraviesa una playa gigantesca entre acantilados, y en Pen-Hir están los enormes peñascos separados del continente conocidos como Tas de Pois.

Siguiendo la costa hacia Camaret se puede bordear la península que lleva a la Punta de los Españoles. Intrigados por el nombre, recorrimos la carretera rodeada de densa vegetación. Casi como restos aztecas, empezaron a asomar entre la maleza edificios en ruinas que marcaban el lugar de la antigua fortaleza española. Cuando en 1588 el rey francés y el heredero fueron asesinados, subió al trono un protestante, cosa que nuestro ultracatólico Felipe II no podía tolerar. Dispuesto a atacar Francia, el rey español envió un ejército de 4000 soldados a Bretaña. Algunos de ellos levantaron la fortaleza en este punto estratégico a la entrada de la bahía de Brest. Pero franceses e ingleses se aliaron y atacaron desde tierra y bombardearon desde una inmensa flota en el mar. El pequeño grupo de españoles aguantó casi quince días. Al rendirse, sólo se encontró a 13 soldados supervivientes. Desde entonces, la Punta de los Españoles sirvió como defensa estratégica en multitud de guerras, incluida la Segunda Guerra Mundial. Desde allí se contempla Brest, casi accesible a nado, como dormida e impasible, sin un ruido, ni una columnilla de humo, ni un barco que llegue al gran puerto.

Seguimos la carretera por el otro lado, por el que se ve algo más de paisaje, y acabamos cenando en el puerto de Camaret, un plato combinado a base de salchichas con patatas. Esta vez no tuvimos problemas de regreso al hogar y siendo ya noche cerrada terminamos el día con bastante satisfacción.

bym on julio 14th, 2009

Es difícil escoger un día como el mejor del viaje, pero sin duda éste fue uno de los mejores. Siempre hay que elegir y dejar cosas por el camino, pero si tenéis los días muy justos mi consejo es dejar la parte sur de Bretaña y dirigirse a la parte norte. Empezamos por la Costa de Granito Rosa, un paisaje único y espectacular, muy parecido a la Pedriza de la sierra de Madrid, pero con el mar rompiendo en sus rocas multiformes, verdaderamente rosado según cómo le incida el sol.

El camino desde Brest se puede hacer por autopista, pero una vez más decidimos emplear las carreteras más estrechas para contemplar en el traslado una parte importante del paisaje bretón, con sus casitas de piedra y sus altos y coloridos cultivos. Nuestro destino era Tregastel Playa, desde donde se inicia una parte de la senda de los aduaneros, un camino costero archiconocido en Bretaña, construido en el siglo XVIII bajo el mandato de Napoleón, y empleado por miles de agentes de aduana que se disfrazaban de campesinos y patrullaban estos caminos para detener cualquier embarcación que intentase introducir material de contrabando en el país. Tiene en total unos 1.300 km de longitud, prácticamente recorre todo el perímetro de la costa bretona, y el tramo de la Costa de Granito Rosa es especialmente atractivo.

Costa Granito Rosa (5)

Dejando el coche en Tregastel Playa se accede a una serie de calas consecutivas a través de este sendero, cruzando por acantilados de roquedales y por la misma arena de las playas. Muy recomendable. Llegamos sobre la una del mediodía y enseguida fuimos atraídos por unos enormes bloques de granito, anaranjados a esa hora del día, que descansaban sobre la arena de la playa y cuyas seductoras y caprichosas formas invitan a su exploración de cerca. Escalamos el más alto, comprobando así el tacto áspero de la roca, y tras cruzar esa misma playa nos sentamos a comer unos bocatas en lo alto del acantilado sobre un agua de mar azul verdosa y un paisaje de cuento. Una pequeña siesta al sol y seguimos adelante, cruzando más calas y rocas erosionadas hasta llegar a la península de Renote, por donde la senda hace un pequeño rodeo para luego continuar hacia Ploumanac´h. Hay que hacer este pequeño paseo por Renote, atravesando rocas gigantescas que asoman desde el mar, o quedan sumergidas entre pinos y vegetación, y bordeando los jardines vallados de las preciosas casas de unos pocos privilegiados.

Costa Granito Rosa (6)

Se rodea esta pequeña península en apenas media hora y al regreso hacía calor y nos pusimos los bañadores para meternos al agua, ya que la marea había creado una laguna salada entre dos franjas rocosas y al otro lado de la playa se distinguía una pequeña cala desierta a la que solo le faltaba la palmera y la tumbona de red. Allí nos dirigíamos, decididos a salvar aquellos 50 metros a nado cuando una anciana nos detiene categórica y nos hace entender en cerrado francés que allí no debemos bañarnos, que de hacerlo los remolinos se nos tragarán y seremos pasto de los peces. Fue muy clara en su demostración de hundimiento sin retorno. Efectivamente donde se unían las dos corrientes de agua parecían formarse unas espirales de espuma que no aparentaban mayor peligro, pero decidimos ir un poco más allá y hacer caso a la señora, aunque la excursión a la calita paradisíaca ya no fuera posible.

El camino de vuelta por la senda de los aduaneros eran los mismos 2 kilómetros que a la ida, pero el paisaje fue muy diferente. Apenas 4 horas le habían bastado al mar para comerse las playas, y las rocas que habíamos escalado a nuestra llegada eran ahora trampolines donde unos chavales saltaban al agua a 50 metros de la orilla. Una vez más el efecto de las mareas resultaba impresionante. Hay canoas para recorrer la zona y algunos chiringuitos de helados y bebidas.

Fuimos a buscar casita y enseguida la encontramos al pie de la carretera. Una señora joven que nos caló en dos frases utilizó sus cuatro palabras aprendidas en español para acomodarnos, y nos cobró 60 euros con desayuno, excelente, por cierto, con crepes y croasants. Pero no es lo mismo, nos quedamos con los míticos bretones de carreteras perdidas que no salen de su dialecto y su buenísima voluntad por entender y ser entendidos.

Costa Granito Rosa (8)

Desde allí nos marchamos a Ploumanac´h, a seguir otro tramo de la senda de los aduaneros, una parte especialmente hermosa, con las piedras muy rosadas al atardecer, y una camino que conduce a un faro del mismo color desde el que se aprecian las Siete Islas, un pequeño archipiélago deshabitado reserva natural de aves como el añorado puffin, al que tanto cariño cogimos en Islandia y que aparece en miles de llaveros, pines y fotos, pero al que apenas se consigue ver en Bretaña. Desde el faro se puede continuar por ese litoral rosa despedazado, pasando por debajo de pedruscos enormes suspendidos en el aire, apenas sujetados por una roca diez veces menor y formando figuras evocadoras. Con un poco de imaginación te puedes pasar horas en ese paisaje de cuento.

Compramos una caja de croasants en un súper y nos fuimos a Perros-Guirec a ver su original iglesia y a zamparnos los croasants en la playa a la puesta del sol. Había sido un día formidable.

Veíamos postales de sitios preciosos en todas las tiendas de souvenirs, y uno de ellos destacaba sobre el resto, una foto aérea de una pequeña isla rodeada por 100 islotes cubiertos de pinos y de vegetación. La isla de Bréhat, la isla de las flores, que recordaba en aquellas fotos al país de Nunca Jamás. Nos enteramos de que era posible alquilar un kayac para recorrer todos aquellos islotes, y estuvimos barajando emplear aquel domingo en ello, pero supondría renunciar a algo de lo demás. Por tercera vez pasaba de largo la tentadora canoa con la que explorar las aguas del norte de Bretaña. Fuimos hasta Paimpol y desde allí a Pointe de l’Arcouest para coger un barco que en 15 minutos te deja en la isla o bien la recorre, pero resulta que hasta el 15 de julio sale cada 2 horas, y se marchaba según llegábamos, de modo que nos conformamos con sentarnos en un banquito en un alto para ver el archipiélago a lo lejos, que con marea baja no se parecía demasiado a la postal de Peter Pan.

Nos dimos una vuelta por Paimpol y partimos hacia el Cap Frehel, otro condecorado de las guías, con una paradita técnica para comer en Erquy, un pueblo con puerto al pie del acantilado, famoso por ser puntero en la pesca de la almeja gigante y la vieira, como comprobamos en los platos de los comensales que llenaban los múltiples restaurantes del puerto. La pesca aquí está muy controlada para no sobreexplotar el fondo marino, pero la variedad y calidad del pescado y marisco atraen a los turistas, aunque no estaba nada masificado. La oferta de mejillones era extensa: al vino blanco, a la crema, etc, y nos decantamos por los de sabor roquefort, siempre con frites (patatas fritas). Estaban deliciosos, y bastante económicos. Donde te clavan más es en la bebida, un refresco suele costar 3’50 euros, y un tercio de cerveza no baja nunca de los 4 y suele llegar a los 5 euros según la marca.

Erquy

Vale la pena el desvío por las vistas de las playas desde la carretera, y por comprobar una vez más el extraordinario efecto de la marea en esta parte del mundo. Unos 70 barcos descansaban sobre la arena mojada a la espera de que el lejano mar llegase de nuevo para hacerlos flotar.

Con el estómago lleno de mejillones volvimos a forzar el cuello desde la ventanilla para contemplar las preciosas vistas de las playas entre acantilados que llevan al cabo Frehel. Hacía buen día y estaban llenas de bañistas abajo y de senderistas arriba, al borde de los acantilados, donde varios senderos serpentean hasta llegar al faro. Al lado del faro hay un parking por el que te cobran 2 euros, pero es una tontería llegar hasta aquí para ver otro faro sin más, así que dejamos el coche en la cuneta y nos pusimos a andar por los senderos entre brezos y restos de bunkers alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Es una caminata bonita que puede alargarse un par de kilómetros más para llegar hasta Fort La Latte, una visita imprescindible y que apenas aparece señalada en las guías y en los foros, en mi opinión el mejor castillo del viaje.

La Latte 1

Data del siglo XIV y está construido en un promontorio rodeado por el mar, protegido por dos barrancos, desde donde se ve la Costa Esmeralda a un lado y el faro de Cap Frehel al otro. La entrada cuesta 5 euros, y el panfleto histórico en tu idioma 20 céntimos, que ya podían haber quedado como señores y regalarlo, digo yo. ¡Estos gavachos! Se puede subir hasta lo alto de la torre por una vertiginosa escalera de piedra agarrados a una soga, y recrear allí el duelo que en 1957 tuvieron Kirk Douglas y Tony Curtis en el rodaje de Los Vikingos. El castillo es una propiedad privada, y en el edificio anexo se veía desde arriba a un señor en bata y zapatillas dando de comer a un gato.

La Latte

Buscamos alojamiento cerca de Dinan, que dejamos para el día siguiente, porque queríamos ver el Mont Saint Michel de noche, pero antes fuimos a cenar a Saint Malo. Esta es una etapa ineludible, un lugar totalmente diferente al resto de pueblos de Bretaña, con mansiones de piedra de varias plantas, y unas calles estrellas y peatonales llenas de vida. Subir a la muralla y recorrer desde allí el perímetro es una excelente forma de verlo todo: el puerto, la ciudad intramuros y la costa, donde la marea une y separa dos veces cada día las fortalezas construidas sobre islotes en la roca.

Una piscina de agua de mar se llena cuando sube la marea y se queda aislada la otra mitad del día. La temperatura ambiente te hace entrar en razón ante la tentación de bajar a lanzarse al mar desde los tres trampolines de la piscina, el más alto de unos 4 metros. Nos compramos unos deliciosos bocatas y nos los zampamos sentados en la muralla, observando a unos chavales lanzarse al agua, únicos valientes bajo aquel cielo naranja y rosa, en esta ciudad tan cautivadora, especialmente a esa hora mágica que es el atardecer, cuando todo cambia de color.

Saint Malo (2)

Desde allí se puede ver Dinard, zona residencial de lujo, y unos 50 kilómetros separan Saint Malo del Mont Saint Michel, pero vale la pena recorrerlos para verlo de noche. Solo se puede llegar hasta la entrada del parking, que está a unos 300 metros, y ya desde allí se ve que es un sitio único, uno de esos que justifican cualquier viaje, por largo que pueda ser. Esta es la zona más turística de Bretaña, y nuestro alojamiento cerca de Dinan nos costó 60 euros, sin embargo en Saint Michel hay carteles por todas partes de Chambres d´Hotes a 30 euros, campings e incluso hoteles baratos. Para haberlo sabido.

Vuelta hacia Dinan y otra vez perdidos en carreteras locales buscando alguna señal que nos orientase hacia nuestra casita. Desandamos varias veces el camino y por fin conseguimos orientarnos en la noche y descubrir el giro a la izquierda que llevaba a nuestro hogar.

bym on julio 12th, 2009

Empezamos el día visitando Dinan, uno de los considerados pueblos más bonitos de Bretaña, una reputación bien merecida. Plagado de casas medievales, Dinan trepa por la falda de una colina quedando dividido en dos: arriba, el Dinan amurallado, con sus casas en saledizo con vigas de madera y su catedral del siglo XII y abajo, el puerto. Aprovechando el cauce del río Rance, Dinan se comunica con el mar, a pesar de estar a más de 20 km tierra adentro, y el pueblo medieval se convierte en un animado puerto de recreo con terrazas y barcos de vela. Pero lo más bonito de todo es la calle que une ambas partes subiendo la colina. Merece la pena animarse, a pesar de la pronunciada cuesta y recorrer las casas más tradicionales, llenas de restaurantes típicos y tiendas de artesanía de todo tipo. Hay un trenecito turístico que recorre el pueblo para quien no se sienta con fuerzas.

Dinan (3)

No pudimos resistir la tentación de una de las pastelerías, compramos trozos de pizza y macarons (qué pena que sean tan caros) y nos los comimos sentados en un puente con los pies colgando sobre el río Rance.

Nuestra siguiente parada era una de las más deseadas del viaje: el Mont Saint Michel. Construido sobre un monte en medio del mar, las acusadas mareas de Normandía convirtieron el lugar en leyenda. Aislado del continente con la marea alta y comunicado por una estrecha lengua de tierra con la bajamar, el lugar se convirtió con los siglos no solo en lugar de peregrinación sino en una fortaleza inexpugnable.

La importancia religiosa de Mont Saint Michel se remonta al año 708, cuando el obispo Aubert recibió en sueños la visita del arcángel San Miguel quien le pidió que levantara un templo en la isla. Aquella primera iglesia se convirtió entre los siglos XI y XII en una abadía románica y en uno de los centros de peregrinación más importantes y concurridos del mundo. Desde entonces, el monasterio sufrió ataques, reformas, derrumbamientos, donaciones, continuos cambios que formaron el ecléctico e impresionante edificio que se ve hoy en día.

Mont Saint Michel

Llegamos al sobre las dos del mediodía y nos quedamos en la parte más alejada del parking porque queríamos recorrer andando el último tramo de la lengua de tierra. Hay que fijarse en los carteles informativos de cada parking porque algunos (sobre todo el más cercano al monte) se inundan en algunas épocas del año con la marea alta y hay que sacar el coche a determinadas horas. Dejar el coche todo el día o solo un par de minutos son 4€.

Ya desde lejos el sitio impresiona. Tanto el monasterio como las casas del pueblo, se han construido siguiendo las posibilidades de la roca, de ahí que el conjunto parezca trepar hasta la aguja central. Pero según te acercas a la entrada, una marea de gente empieza a quitarle el encanto al lugar. Las pocas casas del pueblo de Saint Michel se han convertido en restaurantes, hoteles y museos de lo más variopinto. Desde todas partes llegan voces en varios idiomas vendiendo comida, entradas o souvenirs. La calle principal es estrecha y agobiante y la única manera de trepar hasta el monasterio es a empujones. Este desagradable ascenso sin embargo se ve completamente compensado una vez se accede al recinto del monasterio y empieza a conocerse la historia del lugar.

Abierta todo el año entre 9:30 y 16:30, la abadía del Mont Saint Michel es uno de los recintos religiosos más espectaculares del mundo, no sólo por su arquitectura mezcla de estilos sino por sus vistas. Puede cogerse una audioguía por 4,5€ o incorporarse a alguna de las visitas guiadas (en distintos idiomas a lo largo del día, a las 16h en español cuando estuvimos nosotros). Desde las ventanas y terrazas pueden contemplarse las crecidas de la marea y la otra isla de la bahía, la isla Tombelaine, el lugar al que se retiraban los monjes que veían Saint Michel muy concurrido.

Lo de las mareas se ve solo si hay suerte, porque resulta que el agua no llega hasta Saint Michel todos los días. De hecho, nosotros acabamos nuestra visita paseando por el fondo arenoso del mar e incluso vimos algunos grupos caminando hacia Tombelaine.

Mont Saint Michel (5)

En parte fue un chasco, porque queríamos ver el monte rodeado de agua, pero también fue curioso rodear la isla y ver las megafonías instaladas en su costa para advertir a los paseantes de las crecidas del mar. Se decía en la antigüedad que la velocidad a la que subía el agua era la de un caballo al galope. En realidad sube a 62 metros por minuto, lo que no está nada mal, y el agua recorre 18 km en su crecida. Esperamos poder pasar otra vez algún día y verlo todo inundado. Para consultar los horarios de las mareas podéis entrar en: http://www.ot-montsaintmichel.com

La acción del hombre durante siglos, primero ganando terreno al mar para cultivos y pastos y en los últimos tiempos creando parkings y carreteras, han conseguido que el fenómeno de las mareas se suavice. Sólo desde inicios del siglo XX, el nivel del suelo creció 3 metros en torno a Mont Saint Michel. Desde 2006 el gobierno francés trabaja en un ambicioso plan de recuperación que devuelva al promontorio su carácter de isla, eliminado la carretera y sustituyéndola por un puente, entre otras medidas.

Nos marchamos del Mont Saint Michel en dirección a Caen y durante varios kilómetros seguimos disfrutando de la silueta del monasterio perdiéndose entre los pastos que nos rodeaban.

Al día siguiente queríamos visitar las famosas playas del desembarco de Normandía, así que continuamos camino hasta Sully, un pueblo cercano a Bayeux, donde encontramos la mejor Chambre de todo el viaje. Lo bueno no era el alojamiento, sino el trato. Nos recibió una abuelita enérgica y muy simpática, que no hablaba ni una palabra de inglés, aunque eso no la impedía tratar de explicarnos todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Salimos en busca de cena a Bayeux, aunque después de dar un paseo por el centro, preferimos ceder a las enormes ganas de comer una hamburguesa del McDonalds, así que nos entendimos como pudimos con la megafonía del McAuto y nos llevamos nuestra suculenta cena a las playas de Longues sur Mer, donde devoramos las hamburguesas como nuestro peculiar homenaje a los soldados americanos que desembarcaron en el día D.