La madrugada del 6 de Junio de 1944 se ponía en marcha la mayor operación de desembarco de tropas jamás vista. El día D, a la hora H, el ejército aliado atacaba las playas de Normandía en un desesperado intento de desequilibrar al régimen nazi y dar la vuelta a la Segunda Guerra Mundial. Dos años de minuciosos planes se veían las caras con las caprichosas mareas y el temible “Muro del Atlántico” alemán.

La llamada Operación Overlord, consistía en el desembarco sincronizado de tropas en cinco playas de la costa de Normandía (de Oeste a Este): Utah Beach y Omaha Beach (tropas estadounidenses), Gold Beach (tropas británicas) Juno Beach (tropas canadienses) y Sword Beach (británicas también). En total, se movilizaron 160.000 hombres, 7.000 barcos, 11.000 aviones y 20.000 vehículos. Increíble.

Con la cabeza llena de imágenes de Salvar al soldado Ryan, empezamos nuestra jornada de viaje más histórica, aunque antes de conocer las famosas playas, la amable señora de nuestra Chambre nos iba a dar una agradable sorpresa: por portarnos bien y no hacer nada de ruido durante la noche, la buena mujer nos hizo una rebaja de 10€ en el precio. ¡Encantadora! Allá donde vayas siempre encontrarás los patios de las casas adornados con banderas de USA, Canadá y Reino Unido, es infinito el agradecimiento que aquí aún se les guarda a estos países por su decisiva participación en la contienda de las playas de Normandía.

Omaha Beach es sin duda la más conocida de las cinco playas y la que sale siempre en las películas, así que pusimos rumbo hacia allí y renunciamos a Utah Beach y Sainte Mere Eglise (de cuyo campanario aún cuelga un recuerdo a los paracaidistas muertos en la zona) por pillarnos muy lejos. Como si nos leyera el pensamiento, el tiempo empeoró por primera vez en el viaje, y disfrutamos de un clima lluvioso y frío parecido al que debieron sufrir aquellos soldados. Sacamos los pantalones largos y el chubasquero y nos alegramos de que la falta de sol hubiera alejado a los bañistas de las playas, que habrían perdido mucho misterio.

Omaha Beach (14)

Prácticamente cada pueblo de la zona tiene un museo dedicado al desembarco. Entre los más conocidos están el de Caen (ciudad estratégicamente clave en los planes del avance aliado), el de Arromanches (aquí tenéis un enlace al folleto informativo en español: http://www.musee-arromanches.fr/docs/aide_visiteur_es.pdf) y el Memorial de Omaha Beach, dedicado casi en exclusiva a las ofensivas sobre Omaha y Point du Hoc, los dos episodios más sangrientos de la operación. Nosotros elegimos este último (5,50€) y nos perdimos durante casi tres horas en los dioramas, el material original y las pequeñas historias. Un video de unos 25 minutos, en inglés y francés, resume los sucesos de aquel 6 de Junio y te va preparando para la visita a las playas. Contentos de encontrar por fin cosas en inglés, cedimos a la tentación de comprar todo tipo de recuerdos y libros que fuimos devorando en el coche entre traslado y traslado.

Poco queda en Omaha Beach de la mañana del desembarco, en realidad, solamente un feo monumento moderno y algunas placas conmemorativas. De todas formas sobrecoge pasear por allí y pensar en lo que ocurrió. Banderas americanas, inglesas y canadienses salen al paso en cada pueblo y camino, para que quede claro que los franceses no han olvidado lo que deben a aquellas tropas. Pero lo que de verdad atrae a los visitantes a la zona es el Museo y Cementerio Americano de St Laurent-sur-Mer, una pequeña réplica del cementerio de Arlington y punto de inicio y final de Salvar a soldado Ryan.

Cementerio Americano

La visita (totalmente gratuita) comienza con un detallado museo centrado en las historias personales y las pequeñas tragedias de soldados y civiles, gestionado por la American Battle Monuments Commision, una organización que controla museos por todo el mundo dedicados a la memoria de los soldados americanos caídos. Merece la pena pasear por los paneles y las fotografías, deteniéndose a descubrir las historias de los muertos, los héroes y los supervivientes, aunque lo que más llama la atención es el cementerio en sí. 9.387 cruces de mármol blanco, latinas y judías entremezcladas, algunas flores secas aquí y allí, montones de americanos vagando entre las líneas de tumbas, puede que en busca de un familiar, y una sensación inquietante al descubrir de tanto en tanto una placa sin nombre. Algunas agencias ofrecen la visita a las playas del desembarco desde París, de ahí que fuera el único día que nos vimos rodeados de estadounidenses en lugar de los habituales franceses. Tras un largo paseo y montones de fotos, nos dimos cuenta de que el tiempo había pasado volando y eran ya las 15:30, mala hora para tratar de comer en Francia.

Según salimos del cementerio americano, nos topamos con un letrero de “All day fast food” que nos hizo entrar de cabeza muertos de hambre a un elegante restaurante. ¡Menudo error! Por dos sándwiches y un par de coca colas nos cobraron 33€, y tampoco eran una maravilla. Lo único positivo fue que por fin nos enteramos de lo que eran los famosos “croque monsieur” y “croque madam”, una especie de pain amb tomaquet pero con queso, mantequilla, mostaza y huevo en la “madam”. Con algo de hambre y bastante indignados, seguimos camino a los acantilados de Pointe du Hoc.

Parte del plan para el éxito del día D, consistía en una ofensiva previa, sobre todo aérea, para destruir las baterías antiaéreas alemanas y radares (el “Muro del Atlántico”) que podrían crear muchos problemas a los aliados. Una de las misiones especiales era trepar por los inexpugnables acantilados de Point du Hoc desde el mar e inutilizar la batería alemana desde la que se dominaban las playas de Utah y Omaha. Los famosos Rangers americanos fueron los encargados de escalar la roca y ascender, solo para descubrir que los bombardeos habían fallado y los alemanes estaban preparados. Aunque el puesto fue finalmente neutralizado, la marea, la escalada y las ametralladoras nazis dejaron tan solo nueve supervivientes. Tras la batalla de los días siguientes, poco quedó de Point du Hoc, prácticamente hundida por la ofensiva. Sólo algunos restos de impactos y estructuras alemanas han quedado como testigos.

Nuestra siguiente parada era el cementerio alemán de La Cambe, visita altamente recomendable y también gratuita. Aún marcados por lo sucedido durante la guerra, el lugar está gestionado por la “German War Graves Commision”, que es básicamente como la americana de St. Laurent, pero mucho más orientada a difundir la paz y concienciar a los jóvenes de no repetir los errores del pasado.

Cementerio Alemán (6)

La organización actual del cementerio y la identificación de muchos de los cuerpos, se llevó a cabo en uno de los primeros campos de voluntariado juvenil que se organizaron en Europa en los años 70. La Cambe huye de la parafernalia americana y crea un jardín discreto y tranquilo para recordar a los 21.139 caídos alemanes que reposan bajo las cruces de granito oscuro. Lo que resulta más escalofriante con respecto a St Laurent es que aquí se recogen las fechas de nacimiento y muerte de los soldados. Prácticamente todos ellos tenían entre 18 y 22 años y casi ninguno superaba los 30. Una generación completa borrada de la historia en unos pocos meses. También sorprenden algunas tumbas múltiples en las que hasta 15 soldados comparten placa y espacio, muchas veces debido a que su fallecimiento fue conjunto en la explosión de una mina o una bala de mortero y apenas se podía distinguir entre los restos de unos y otros.

La tarde avanzaba rápido y aún nos quedaba mucho que ver, así que nos dirigimos a Longues-sur-Mer, donde aún puede pasearse entre las espeluznantes baterías antiaéreas alemanas, orientadas hacia el mar, con un campo de tiro de 120 grados y 19 kilómetros de alcance para sus balas de 150 mm.

Baterías Longues (1)

Como si acabasen de disparar su último tiro contra las barcazas aliadas, los enormes cañones reposan tranquilos mientras los turistas se hacen fotos y entran y salen de los oscuros bunkers.

Decidimos terminar el día en Gold Beach junto al pueblo de Arromanches, donde aún dominan el horizonte los enormes bloques de cemento usados como puerto provisional. Una ofensiva del tamaño de la de Normandía, exigía la participación de grandes barcos que transportasen vehículos, materiales y tropas de refresco. Pero hasta conseguir capturar una gran ciudad, los aliados planificaron la construcción de estos puertos artificiales. Cientos de bloques de cemento fueron arrastrados desde Inglaterra y semi-sumergidos frente a las playas de Normandía para crear pasarelas por las que desembarcar los grandes equipos. Resulta increíble poder pasear entre semejantes moles, tan importantes durante aquellos meses y tiradas ahora de cualquier manera sobre la playa.

Arromanches (3)

Después de un día tan intenso encontramos una cómoda Chambre abuhardillada y cenamos unas estupendas galettes cerca de Sword Beach. En la puerta del restaurante, un enorme letrero daba la bienvenida a todos los americanos, ingleses y canadienses. La batalla de Normandía no se olvida en Francia.

Aquel desayuno fue el último en Chambres d’Hotes, una experiencia muy recomendable en cuanto a alojamiento. Partimos rumbo a Honfleur, un pueblo muy agradable con un puerto abarrotado de barquitos, de gente y de restaurantes. Está lleno de vida y animación, especialmente al mediodía, con todas las terrazas llenas. Las fachadas de las casas son de diversos colores, muchas de ellas de pizarra negra, y ya no son las típicas casas bretonas de una sola altura, sino edificios adosados de 3 ó 4 plantas.

Honfleur

Una de las cosas más interesantes es su
iglesia.Situada a espaldas del puerto y construida por los propios pescadores del pueblo en honor a la Virgen, no es de piedra como sucede normalmente, sino un amplio edificio cuadrado de madera. La falta de naves laterales y la cantidad de luz que entra convierten el edificio en tremendamente acogedor.  Después de visitarla compramos unos albaricoques y unas cerezas en un puestecillo que nos supieron a gloria. Dimos una vuelta por allí y pagamos los 5 euros que cuesta cruzar el puente de Normandía, inaugurado en 1991, y que desemboca cerca de la Costa de Alabastro, un tramo de especial belleza entre Étretat y Dieppe. Acantilados altísimos que caen verticales sobre el mar, con un fuerte contraste entre el verde de sus cimas, el blanco de sus paredes y el azul del mar. En la pequeña localidad de Étretat se encuentran los puntos más bellos, las Falaises d’Aval y d’Amont, con unos gigantescos arcos naturales por donde entra el mar que enmarcan la bonita playa donde se asienta el pueblo. En la misma playa se puede aparcar en un parking que te deja poner un ticket de hasta 5 horas, aunque en realidad se tarda media hora en llegar al de Aval y algo menos al de Amont, entre ida y vuelta a ambos 2 horas y media o tres con bocata y fotos.

Etretat (11)

Hay un sendero muy concurrido que sube hacia ambos lados. Es más bonito el de Aval, a la izquierda mirando hacia el mar, ya que primero se ve una columna unida en arco a la montaña formando una especie de trompa de elefante, y cuando se asciende hasta allí te encuentras con otro arco gigantesco a unos 200 metros, y cuando llegas a él te sobrecoge la altura impresionante de los acantilados de roca blanca cortados a cuchillo que continúan hacia Le Havre.

En “Astérix y el caldero” hay un pueblo que vive en lo alto de un acantilado idéntico a estos, donde se desarrolla casi toda la aventura y desde donde se cae el caldero al barco pirata. No obstante, la aldea de Astérix está más bien situada por la Costa de Granito Rosa, según la lupa de la introducción de los cómics. Pensábamos que encontraríamos muchas referencias a los míticos galos, como muñecos, camisetas, etc, y sin embargo apenas vimos un ajedrez y alguna miniatura suelta. Se ve que el parque Astérix de París se lleva todo el merchandising.

En la Falaise d’Amont hay una iglesia en lo alto, y en esa dirección continúa la costa igual de accidentada hasta Dieppe, aunque la carretera se separa tanto del mar que apenas se ve y es necesario entrar de vez en cuando en un pueblo para apreciar el paisaje.

Etretat (14)

En este punto comenzamos el viaje de vuelta a Madrid. 1.500 km nos separaban del punto de partida, teníamos 2 días para completarlos y pensábamos hacerlo como a la ida, en varias etapas y parando a ver más cosas por el camino. La primera fue Rouen, atravesada por el Sena y otra ciudad destruida por la guerra. Después de tantos pueblecitos pequeños y encantadores, sin semáforos, sin atascos, sin problemas de aparcamiento, entrar en una ciudad grande fue como volver al trabajo después de las vacaciones. Muy duro. Tras una hora encerrados entre coches y dando vueltas para aparcar por el centro llegamos a la plaza de la catedral, absolutamente espectacular, único punto positivo de una ciudad sucia y sin armonía. Para rematarlo, en la Plaza del Viejo Mercado (donde se quemó a Juana de Arco, marcado con una enorme cruz), sustituyeron las ruinas de la vieja iglesia por un monstruoso edificio negro mitad parroquia, mitad mercado, algo así como un barco con un tejado gigantesco, algo desproporcionado para las dimensiones de la plaza. Nos comimos un bocata de hamburguesa en un puesto callejero ante el que el Big Mac es un solomillo argentino, y a los pocos minutos la bomba estalló en nuestros estómagos.

Salimos pitando de aquella ciudad con el sol casi oculto, salvamos con dificultades el jeroglífico de indicaciones de carreteras y pusimos rumbo a Chartres con la intención de parar en el primer hotel de carretera que encontrásemos, pero no hubo ninguno en 70 km, así que cuando la carretera de peaje se convirtió en secundaria nos pareció fantástico el cartel de camping cerca de Dreux, y aunque estaba cerrado nos metimos e instalamos la tienda. Era un camping municipal, cómodo y muy barato, que no llegó a 10 euros.

La catedral de Chartres es una de las paradas obligatorias para cualquier amante de la arquitectura gótica. Revolucionaria cuando fue levantada en el siglo XIII, supuso el asentamiento del estilo gótico y el establecimiento de sus características principales. Destaca por sus relieves (es la iglesia con el mayor número de representaciones de la Virgen) y especialmente por sus más de 180 vidrieras, la mayoría de ellas conservadas desde su construcción. Algunos de los colores empleados han sido imposibles de reproducir en la actualidad como el azul de la famosa Ventana de la Virgen Azul (Notre Dame de la Belle Verrière).  Lo curioso es que no hay que pagar, esto nos llamó mucho la atención, en España tienes que pagar 6 eurazos por entrar a la catedral de Zamora. Con poco tiempo y no mucho más que ver en Chartres, continuamos camino hacia el sur.

Había llegado el momento de cruzar media Francia por carretera, pero nuestro viaje tenía una última etapa antes de traspasar la frontera: el Perigord. Ubicado en el suroeste de Francia, el río Dordoña ha creado un abrupto paisaje de valles y cañones con desniveles idóneos para asentar castillos fácilmente defendibles. Una zona desconocida para nosotros hasta que nos planteamos este viaje en coche y descubrimos que había una región famosa por sus patés y sus quesos artesanos, con pueblos encantadores construidos en torno a castillos que se izan sobre los alto de un tremendo acantilado e infinidad de cuevas con importantes hallazgos arqueológicos. Altamente recomendable.

Después de 6 horas de autopistas cogimos una carretera secundaria con rumbo a Rocamadour, pero cuando en el camino apareció un cartel de las cuevas de Padirac (Gouffre de Padirac) consultamos la guía y decidimos hacer caso a las 3 estrellas de su calificación. No obstante eran las 6 de la tarde y ya sabíamos que para los franceses eso es casi hora de cenar, así que cuando llegamos acababan de cerrar (Horario de 9:30 a 18). Aún así pudimos ver la increíble sima de 30 metros de diámetro que se adentraba verticalmente en la tierra como entrada a unas cuevas de túneles kilométricos a los que sólo se puede acceder por barca. Suficiente para madrugar al día siguiente.

Volvimos hacia Rocamadour, a unos 16 km de distancia por un camino que cruza entre bosques, granjas de ocas y pueblos pequeñitos. La carretera te lleva por la parte alta de la montaña y al tomar una curva aparece el valle entre acantilados y el pueblo vertical comandado por una iglesia esculpida sobre la pared de roca entre el pueblo y el castillo, unos cien metros más arriba. Desde esa distancia aquel paisaje era digno de haberse cruzado Francia para llegar allí.

Rocamadour

No se puede aparcar dentro, pero hay un par de parkings gratuitos más abajo, siguiendo la carretera que, por cierto, se acaba aquí. Empezamos a subir y con cada escalón era todo más bonito. La única calle empedrada atraviesa restaurantes con terrazas panorámicas y hotelitos bastante asequibles, todo ello con una cautivadora estética medieval.

Empezamos a subir una escalera de piedra hasta llegar a la iglesia, un emplazamiento asombroso en la pared del acantilado y un escenario de película. Era un sitio increíble con un montón de rincones que no sabes de dónde salen, y cada tramo de escalera que subes te lleva a una sala inmensa, a un patio o a una torre desde donde se ve el pueblo en perspectiva alzada.

Rocamadour (6)

El pueblo fue en su día uno de los principales centros de peregrinación del camino de Santiago desde que se abrió la tumba de San Amador y se le encontró incorrupto. De entre sus cinco santuarios, a los que se accede desde la increíble placita de la foto, destaca el de la Virgen Negra, la imagen más venerada del lugar. Tomando uno de los pasillos porticados, se llega a un camino que se adentra en un bosque y va ascendiendo por un viacrucis hasta llegar a un altar emplazado en una cueva muy profunda. Siguiendo camino arriba se llega al castillo. Hay que subir, es algo impresionante, las vistas desde allí valen cualquier esfuerzo. Para entrar al castillo hay que meter 2 euros por persona en la puerta enrejada giratoria, pero apretándose un  poco entran dos de una vez sin problema, y si eres un poco osado es facilísimo trepar por la puerta y saltar al otro lado. En realidad el castillo no se visita, (es una casa particular) solo se accede al perímetro aéreo que se suspende en vertical a 100 metros de altura. Y no es ficticio, dando la vuelta a la muralla, se llega a la torre más alta, construida sobresaliendo de la roca, y al mirar hacia abajo se ve el pueblo diminuto sin referencia de dónde estás apoyado, la sensación de vértigo es brutal, pero si se consigue dominar da paso a la sensación de estar flotando en el aire, contemplando como en una maqueta los restaurantes, los hotelitos y los transeúntes que hacía una hora habíamos visto a nivel cien metros más abajo.

Tremendamente impresionados por el encanto de Rocamadour, nos planteamos dormir allí, pero finalmente nos metimos en el camping cercano al mirador del pueblo de L’hospitalet y cenamos paté y ensalada en una terraza con vistas nocturnas a este lugar tan desconocido e inolvidable.

bym on julio 8th, 2009

Tanto por ver y esa noche teníamos que estar de vuelta en Madrid. Madrugamos para llegar a las cuevas de Padirac, pero no abrían hasta las 9.30, y había una cola de gente como para pensárselo. Compramos el desayuno y nos lo comimos mientras esperábamos a pagar los 9 € de la entrada. Hay ascensores para bajar, pero vale la pena hacerlo por la escalera que desciende sima abajo y cuando llegas al final contemplas el enorme agujero por el que has entrado y los túneles en los que te vas a meter. Es una cueva diferente a casi todas, parece como una estrecha y altísima garganta cerrada, sin salida por arriba, que va serpenteando según el curso del río (como el cañón de la Media Luna de Indiana Jones). Llegas a unas barcas y en ellas te conducen por la garganta hasta la zona que se puede recorrer a pie. El barquero y después el guía contaron un montón de cosas, pero como solo hablaban francés apenas nos enteramos. De lo que sí nos enteramos fue de que el agua estaba a 12º y la temperatura ambiente a 13º durante todo el año.

Se nos había ido media mañana, pero valió la pena, un lugar asombroso. Aún queríamos visitar tres pueblos antes de marcharnos. El primero fue Domme, con un mirador sobre el Dordoña muy bonito, desde donde se ven las canoas avanzando por el río. El pueblo tiene sus propias cuevas subterráneas, pero nos conformamos con comer en una terraza una degustación de patés y quesos. Hay además mucha oferta de actividades acuáticas y al aire libre, bicis por la carretera, parapentes en el aire, bañistas en los ríos, bosques, gastronomía… así que de camino al siguiente pueblo, paramos a comprar paté, lo hay de mil tipos y es uno de los lugares del mundo donde tiene más prestigio. Desde luego estaba delicioso.

Llegamos a Castelnaud-la-Chapelle donde nos pedían 3€ por dejar el coche en el parking (terminamos por encontrar una zona gratuita) y subimos las empinadas cuestan que llevan al castillo. No teníamos mucho tiempo, así que ni nos planteamos pagar los 8€ que costaba entrar a la fortaleza.

 

Perigord (3) 

Después fuimos a Beynac, que tenía muy buena pinta, aunque solo lo vimos desde la carretera. Su silueta, coronada por otro castillo, fue la que más nos recordó a Rocamadour pero era tardísimo y también queríamos ir a Limeuil. Estos tres pueblos tienen en común el entorno formidable en el que se encuentran, los castillos que coronan sus siluetas y el inevitable pago por el acceso a todos ellos. En Limeuil había que pagar 6,50€ solo por pasear por sus jardines y acceder al castillo.

La falta de tiempo nos dejó con la sensación de habernos dejado a medias esta región del Perigord francés, que ha sido todo un descubrimiento y bien merece una estancia de tres o cuatro días.

Para el camino de regreso decidimos prescindir de la autopista de peaje y cortar por la carretera que va entre Bergerac y Marmande. Error garrafal. 140 km de camiones, pueblos con semáforos, rotondas y la rémora de que después de eso te quedan seis horas más de autopista. Coincidió además que era víspera de fiesta en Francia y encontramos algunos atascos. Así que le echamos paciencia y tras nueve horas de viaje llegamos a Madrid después de dos semanas de recorrer el oeste casi completo de Francia.

Fueron 13 días, 12 noches, más de 5.000 kilómetros recorridos en coche y un montón de cosas que contar que han quedado plasmadas en este cuaderno de viaje. Francia tiene tantas cosas que ver que podríamos volver a hacer el mismo recorrido sin repetir uno solo de los lugares visitados y seguir siendo un viaje increíble. Variedad, cercanía, precios asequibles y un encanto especial en sus pueblos y sus paisanos. Un viaje muy recomendable. 

                                                                                              Belén y Miguel.